viernes, 8 de julio de 2016

Hoy, limpiando un armario, he encontrado una carpeta de hace 20 años con algunos cuentos que no llegué a enseñar porque los escribí en una época oscura y así de tenebroso resulta el contenido. Sin embargo, me ha resultado curioso encontrarlos y redacto a continuación uno de ellos, que bien podría servir para leer en Halloween.

TEA



Mi hermana tenía un solo ojo, una sola ceja depilada en forma de bóveda rojiza y la llamaban cíclope, bruja y no sé cuántas cosas más. Su verdadero nombre, Tea, era a menudo confundido por Teo, diminutivo de Teófila, pero a ella no le molestaba en absoluto. Sencillamente, no se percataba de nada. Ni siquiera de cómo había que vestirse y maquillarse: aún no salía el sol y ya andaba por la casa con una túnica de gasa, el pelo recogido por encima de las orejas y, para adornar los huecos de su rostro, dibujaba cenefas y pequeñas figurillas en la frente, las mejillas, el mentón.

Mi madre era igualmente pelirroja, pero no se arreglaba jamás. Sólo mantenía la estricta costumbre de lavarse a diario y echarse litros de perfume por todo el cuerpo. No recuerdo una sola vez que la viera peinarse (según ella, el pelo rizado no se peina, se deja crecer), mirarse al espejo, planchar su ropa o ponerse crema antiarrugas. Me dijo un día de Reyes que se habría metido a monja si hubiera creído en Dios, pero desgraciadamente nació agnóstica (sólo frecuentaba la iglesia para mantener las formas) y se mantuvo siempre fiel a su naturaleza.

Dicen que mi padre era comerciante. Yo no podría asegurarlo. Cuando él llegaba a casa toda la familia se había acostado y a la mañana siguiente desaparecía sin esperar siquiera el desayuno. Sólo tengo por ciertio que, ya de noche, un fantasma con olor a tabaco se escurría por la puerta de mi habitación y me daba un beso silencioso. Mi madre nunca hablaba de él. Mi hermana no comprendía el significado de la palabra "papá" ni sabía cómo pronunciarla. Pero en el barrio todos lo conocían y me contaban historias de su infancia, de su trabajo, su matrimonio, y yo me las creía.

Tea no iba al colegio. No tenía amigos ni tampoco pensamientos. Pero existía, ocupaba cierto espacio en nuestra casa, comía cuando a mamá le parecía conveniente y a veces entonaba melodías sin letra. Para mí era una caja de música, con forma de bailarina, sin cajones ni recodos secretos. Ella sola se daba cuerda y volteaba por el salón con frenesí. A veces me perseguía, imitaba mis gestos o, simplemente, se sentaba observando cuanto yo hiciese. Otros días la encontraba asomada al balcón, a contraviento, con sus manitas en la baranda y la mirada perdida, sin rumbo fijo, hacia ese mundo externo sin sentido.

En casa teníamos muchos álbumes de fotos. A mi madre le encantaba la cámara. Le hacía una instantánea a cualquier cosa viviente. Yo me encargaba de clasificarlas. Teníamos un apartado para las cucarachas, las mariposas, las nubes, el mar, las palomas, el polvo al trasluz y, ¡cómo no!, planos y más planos de Tea, que también era otro objeto decorativo para mamá. De perfil o de espaldas. Pelo suelto y sonriendo. Tea en la playa, Tea dibujando o tocando el piano.

Porque mi hermana sabía de música. Era uno de esos extraños fenómenos que dedican toda la energía de sus neuronas a una sola aptitud, de la cual no sacaría provecho económico porque mi madre se oponía. De todos modos, nuestro hogar parecía un museo de la música debido a la cantidad de instrumentos que almacenaba. Los juguetes de Tea eran aquellos aparatos armónicos, pulidos con esmero, afinados por un artesano de confianza, el señor Virgilio, que venía cada quince días a escuchar las canciones de mi hermana. Ella las inventaba y nunca se repetía. Deliciosas, únicas.

Un mañana, Tea enfermó. Los médicos ya lo pronosticaron al nacer, pero mamá no quiso creerlo. Sin embargo, allí estaba la paciente tosiendo, expulsando un jugo verdoso y sanguinolento, para demostrar que los oráculos no engañan. Adelgazó trece quilos en un mes, le salieron manchas por todo el cuerpo, perdió la vista y su cuerpo se convirtió en un esperpento retorcido y quejumbroso. Tea ya no pintaba, no se asomaba al balcón, huía del sol, rodeada de sus instrumentos, en silencio.

Recuerdo el día que murió con total claridad y, a la vez, con el distanciamiento de una película. Mi padre, al que no había visto en mi vida, estaba frente al ataúd, acariciando la cabeza de mamá. Tenía el pelo rubio oscuro y los ojos muy, muy negros. Me pareció que incluso sus lágrimas eran negras. Y mamá estaba como ausente, con su cabellera enredada casi tocando el suelo, sentada, sin decir nada. Le caían los brazos como a una marioneta. Y la visión del piano, vestido de luto, vigilando la ceremonia como una de esas imágenes que pueblan las capillas, eclipsando el poder de la palabra litúrgica, acallando los llantos con su presencia. El funeral transcurrió rápido; el entierro también. Nadie quería prolongar la idea. Mi madre se puso a trabajar en un local del pueblo, para no pisar la casa. Quería apartar todos los recuerdos de Tea y encerrarlos en cada copa que servía. Yo pensaba que mamá no había querido lo suficiente a Tea cuando estaba viva y ahora la quería demasiado cuando estaba muerta. Quizá odiaba a mamá porque ya no la veía, porque me encontraba sola, rodeada de sus álbumes e instrumentos. Ya no era una preocupación para nadie. Iba a la escuela y aprobaba las asignaturas, no solía protestar y comía, dormía, crecía con naturalidad. Era un don que cultivaba desde siempre: pasar desapercibida.

Pero tras la desaparición de la cíclope de mi hermana, empecé a notar que me vigilaban. Al entrar en casa, me estremecía como un gato al oír los pasos de un extraño y, con el paso de las horas, el miedo se agudizaba, me entraban unas ganas locas de gritar, sin saber exactamente por qué. No tenía alucinaciones, ni obsesiones o pesadillas sobre Tea, no, no. Era un terror que no podía localizar. Anduve unas semanas tan confusa, tan susceptible, que no podía pegar ojo. Esperaba a que se fuera mi madre para desayunar, muy poco, y huir de allí, corriendo y preguntándome si, al volver la vista, alguien querría perseguirme. ¿Sería mi propia sombra? A veces me levantaba en plena noche porque me faltaba el aliento y en el pasillo sentía múltiples conciencias arañándome, reptando por mis piernas. Iba por la casa sin detenerme. Pensaba que, si me quedaba quieta, acabaría como mi hermana. Desde el sofá vigilaba las puertas y ventanas, cuando el reloj sonaba me estallaba la desesperación bajo las costillas. Y sola, más sola que nunca, creía haber bajado al infierno para pagar el sufrimiento de mi hermana. Ella, en cambio, estaría en el cielo, sin darse cuenta, absorta en su música, al lado de otras almas huecas e inconscientes.

Fue la música la que me dio la pista. Una tarde me encargaron una tarea en la escuela: componer una partitura y tocarla con mi instrumento favorito. Entré en la sala donde solía tocar mi hermana y que llevaba tanto tiempo sin abrirse. Tenía unos amplios ventanales y el aire de noviembre se introdujo despacio, denso, inundando la habitación de un polvillo rojo, por efecto de la tramontana en los adoquines del jardín. Estuve poco tiempo contemplando con desgana la majestuosidad que otros son capaces de apreciar en aquellas esculturas, el brillo plateado de las flautas, el caoba de los violines, y descolgué el más cercano, el clarinete, de modo inconsciente. El tubo estaba gélido, húmedo, yo diría que sudoroso, y mis manos recogieron una sensación tan desagradable de aquella cosa rígida y hostil que la dejaron caer tras un espasmo instintivo. El clarinete chirrió al impactar contra el suelo y yo hubiera jurado que desprendía satisfacción. Alcé la vista, y entendí cómo todos y cada uno al compás, los instrumentos perdidos, olvidados, separados de su dueña, me observaban. No necesitaban ojos ni boca ni expresión alguna. Inmóviles, pero omnipresentes. Y el piano, el lánguido piano de cola, lo dirigía todo, bajo el ventanal. Se había cerrado la puerta a mis espaldas, cosa que no me pudo alarmar más de lo que ya estaba. Luego, el rasgueo de unas cuerdas de guitarra, un tintineo del xilófono y, de esa forma, los instrumentos fueron sumándose con sus lentos gemidos. Un adagio pianissimo. Mientras, yo andaba buscando un rincón de silencio, un espacio donde esconderme, pero la música me encontraba en cada pared, en cada baldosa del suelo.

Me aferré al picaporte de la puerta a medida que la música se alegraba y me quemaba las manos intentando una salida imposible. Al gritar, redoblaba el tambor. Por cada gemido, un latigazo del chelo. Las melodías de Tea fluían con delicadeza pero sólo sentía una repugnancia absoluta, tal que mi madre detestaba el sonido que yo hacía al masticar. ¿Era ése mi castigo? ¿Una venganza? No podía ser mi hermana, ella nunca se enfadó con nadie, su mundo era alegre y despreocupado. ¿Quién quién? Yo, que siempre había pasado por la casa sin pena ni gloria, me encontraba en el ojo del huracán. Y al desear un breve instante de atención, un pequeño destacar en algo, al aumentar la dosis de medicación de Tea provocándole una nueva enfermedad, sólo rezaba a mi Dios propio para que ella dejara de sobrevolarme. Cuando la amenazaba con fuertes palabras y ella me contestaba con su risita dulce y distante y embobada, inmisericorde, ¿cómo adivinar que alguien me escuchaba? Nadie supo nada porque yo no existía. Ni siquiera cuando ella murió. Nunca viví. Pero aquellos instrumentos tenían la inteligencia que le faltaba a mi hermana, ellos tocaban a través de ella, nunca al revés. Y me escucharon y me vieron y me odiaron. Saltaron de sus lugares, hasta rodearme y empujarme hacia la ventana. El piano tocaba una pieza infantil que danzábamos de pequeñas e imaginé una cajita de música con una diminuta y bailarina Tea en su interior mientras los adoquines se me acercaban vestidos de eternidad.

LA POKEVOLUCIÓN DE QUENTIN

ÉRASE UNA VEZ…TARANTINO Como cualquier fan de Tarantino, fui a disfrutar de su última creación sin la necesidad de buscar algo definit...