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viernes, 8 de julio de 2016

Hoy, limpiando un armario, he encontrado una carpeta de hace 20 años con algunos cuentos que no llegué a enseñar porque los escribí en una época oscura y así de tenebroso resulta el contenido. Sin embargo, me ha resultado curioso encontrarlos y redacto a continuación uno de ellos, que bien podría servir para leer en Halloween.

TEA



Mi hermana tenía un solo ojo, una sola ceja depilada en forma de bóveda rojiza y la llamaban cíclope, bruja y no sé cuántas cosas más. Su verdadero nombre, Tea, era a menudo confundido por Teo, diminutivo de Teófila, pero a ella no le molestaba en absoluto. Sencillamente, no se percataba de nada. Ni siquiera de cómo había que vestirse y maquillarse: aún no salía el sol y ya andaba por la casa con una túnica de gasa, el pelo recogido por encima de las orejas y, para adornar los huecos de su rostro, dibujaba cenefas y pequeñas figurillas en la frente, las mejillas, el mentón.

Mi madre era igualmente pelirroja, pero no se arreglaba jamás. Sólo mantenía la estricta costumbre de lavarse a diario y echarse litros de perfume por todo el cuerpo. No recuerdo una sola vez que la viera peinarse (según ella, el pelo rizado no se peina, se deja crecer), mirarse al espejo, planchar su ropa o ponerse crema antiarrugas. Me dijo un día de Reyes que se habría metido a monja si hubiera creído en Dios, pero desgraciadamente nació agnóstica (sólo frecuentaba la iglesia para mantener las formas) y se mantuvo siempre fiel a su naturaleza.

Dicen que mi padre era comerciante. Yo no podría asegurarlo. Cuando él llegaba a casa toda la familia se había acostado y a la mañana siguiente desaparecía sin esperar siquiera el desayuno. Sólo tengo por ciertio que, ya de noche, un fantasma con olor a tabaco se escurría por la puerta de mi habitación y me daba un beso silencioso. Mi madre nunca hablaba de él. Mi hermana no comprendía el significado de la palabra "papá" ni sabía cómo pronunciarla. Pero en el barrio todos lo conocían y me contaban historias de su infancia, de su trabajo, su matrimonio, y yo me las creía.

Tea no iba al colegio. No tenía amigos ni tampoco pensamientos. Pero existía, ocupaba cierto espacio en nuestra casa, comía cuando a mamá le parecía conveniente y a veces entonaba melodías sin letra. Para mí era una caja de música, con forma de bailarina, sin cajones ni recodos secretos. Ella sola se daba cuerda y volteaba por el salón con frenesí. A veces me perseguía, imitaba mis gestos o, simplemente, se sentaba observando cuanto yo hiciese. Otros días la encontraba asomada al balcón, a contraviento, con sus manitas en la baranda y la mirada perdida, sin rumbo fijo, hacia ese mundo externo sin sentido.

En casa teníamos muchos álbumes de fotos. A mi madre le encantaba la cámara. Le hacía una instantánea a cualquier cosa viviente. Yo me encargaba de clasificarlas. Teníamos un apartado para las cucarachas, las mariposas, las nubes, el mar, las palomas, el polvo al trasluz y, ¡cómo no!, planos y más planos de Tea, que también era otro objeto decorativo para mamá. De perfil o de espaldas. Pelo suelto y sonriendo. Tea en la playa, Tea dibujando o tocando el piano.

Porque mi hermana sabía de música. Era uno de esos extraños fenómenos que dedican toda la energía de sus neuronas a una sola aptitud, de la cual no sacaría provecho económico porque mi madre se oponía. De todos modos, nuestro hogar parecía un museo de la música debido a la cantidad de instrumentos que almacenaba. Los juguetes de Tea eran aquellos aparatos armónicos, pulidos con esmero, afinados por un artesano de confianza, el señor Virgilio, que venía cada quince días a escuchar las canciones de mi hermana. Ella las inventaba y nunca se repetía. Deliciosas, únicas.

Un mañana, Tea enfermó. Los médicos ya lo pronosticaron al nacer, pero mamá no quiso creerlo. Sin embargo, allí estaba la paciente tosiendo, expulsando un jugo verdoso y sanguinolento, para demostrar que los oráculos no engañan. Adelgazó trece quilos en un mes, le salieron manchas por todo el cuerpo, perdió la vista y su cuerpo se convirtió en un esperpento retorcido y quejumbroso. Tea ya no pintaba, no se asomaba al balcón, huía del sol, rodeada de sus instrumentos, en silencio.

Recuerdo el día que murió con total claridad y, a la vez, con el distanciamiento de una película. Mi padre, al que no había visto en mi vida, estaba frente al ataúd, acariciando la cabeza de mamá. Tenía el pelo rubio oscuro y los ojos muy, muy negros. Me pareció que incluso sus lágrimas eran negras. Y mamá estaba como ausente, con su cabellera enredada casi tocando el suelo, sentada, sin decir nada. Le caían los brazos como a una marioneta. Y la visión del piano, vestido de luto, vigilando la ceremonia como una de esas imágenes que pueblan las capillas, eclipsando el poder de la palabra litúrgica, acallando los llantos con su presencia. El funeral transcurrió rápido; el entierro también. Nadie quería prolongar la idea. Mi madre se puso a trabajar en un local del pueblo, para no pisar la casa. Quería apartar todos los recuerdos de Tea y encerrarlos en cada copa que servía. Yo pensaba que mamá no había querido lo suficiente a Tea cuando estaba viva y ahora la quería demasiado cuando estaba muerta. Quizá odiaba a mamá porque ya no la veía, porque me encontraba sola, rodeada de sus álbumes e instrumentos. Ya no era una preocupación para nadie. Iba a la escuela y aprobaba las asignaturas, no solía protestar y comía, dormía, crecía con naturalidad. Era un don que cultivaba desde siempre: pasar desapercibida.

Pero tras la desaparición de la cíclope de mi hermana, empecé a notar que me vigilaban. Al entrar en casa, me estremecía como un gato al oír los pasos de un extraño y, con el paso de las horas, el miedo se agudizaba, me entraban unas ganas locas de gritar, sin saber exactamente por qué. No tenía alucinaciones, ni obsesiones o pesadillas sobre Tea, no, no. Era un terror que no podía localizar. Anduve unas semanas tan confusa, tan susceptible, que no podía pegar ojo. Esperaba a que se fuera mi madre para desayunar, muy poco, y huir de allí, corriendo y preguntándome si, al volver la vista, alguien querría perseguirme. ¿Sería mi propia sombra? A veces me levantaba en plena noche porque me faltaba el aliento y en el pasillo sentía múltiples conciencias arañándome, reptando por mis piernas. Iba por la casa sin detenerme. Pensaba que, si me quedaba quieta, acabaría como mi hermana. Desde el sofá vigilaba las puertas y ventanas, cuando el reloj sonaba me estallaba la desesperación bajo las costillas. Y sola, más sola que nunca, creía haber bajado al infierno para pagar el sufrimiento de mi hermana. Ella, en cambio, estaría en el cielo, sin darse cuenta, absorta en su música, al lado de otras almas huecas e inconscientes.

Fue la música la que me dio la pista. Una tarde me encargaron una tarea en la escuela: componer una partitura y tocarla con mi instrumento favorito. Entré en la sala donde solía tocar mi hermana y que llevaba tanto tiempo sin abrirse. Tenía unos amplios ventanales y el aire de noviembre se introdujo despacio, denso, inundando la habitación de un polvillo rojo, por efecto de la tramontana en los adoquines del jardín. Estuve poco tiempo contemplando con desgana la majestuosidad que otros son capaces de apreciar en aquellas esculturas, el brillo plateado de las flautas, el caoba de los violines, y descolgué el más cercano, el clarinete, de modo inconsciente. El tubo estaba gélido, húmedo, yo diría que sudoroso, y mis manos recogieron una sensación tan desagradable de aquella cosa rígida y hostil que la dejaron caer tras un espasmo instintivo. El clarinete chirrió al impactar contra el suelo y yo hubiera jurado que desprendía satisfacción. Alcé la vista, y entendí cómo todos y cada uno al compás, los instrumentos perdidos, olvidados, separados de su dueña, me observaban. No necesitaban ojos ni boca ni expresión alguna. Inmóviles, pero omnipresentes. Y el piano, el lánguido piano de cola, lo dirigía todo, bajo el ventanal. Se había cerrado la puerta a mis espaldas, cosa que no me pudo alarmar más de lo que ya estaba. Luego, el rasgueo de unas cuerdas de guitarra, un tintineo del xilófono y, de esa forma, los instrumentos fueron sumándose con sus lentos gemidos. Un adagio pianissimo. Mientras, yo andaba buscando un rincón de silencio, un espacio donde esconderme, pero la música me encontraba en cada pared, en cada baldosa del suelo.

Me aferré al picaporte de la puerta a medida que la música se alegraba y me quemaba las manos intentando una salida imposible. Al gritar, redoblaba el tambor. Por cada gemido, un latigazo del chelo. Las melodías de Tea fluían con delicadeza pero sólo sentía una repugnancia absoluta, tal que mi madre detestaba el sonido que yo hacía al masticar. ¿Era ése mi castigo? ¿Una venganza? No podía ser mi hermana, ella nunca se enfadó con nadie, su mundo era alegre y despreocupado. ¿Quién quién? Yo, que siempre había pasado por la casa sin pena ni gloria, me encontraba en el ojo del huracán. Y al desear un breve instante de atención, un pequeño destacar en algo, al aumentar la dosis de medicación de Tea provocándole una nueva enfermedad, sólo rezaba a mi Dios propio para que ella dejara de sobrevolarme. Cuando la amenazaba con fuertes palabras y ella me contestaba con su risita dulce y distante y embobada, inmisericorde, ¿cómo adivinar que alguien me escuchaba? Nadie supo nada porque yo no existía. Ni siquiera cuando ella murió. Nunca viví. Pero aquellos instrumentos tenían la inteligencia que le faltaba a mi hermana, ellos tocaban a través de ella, nunca al revés. Y me escucharon y me vieron y me odiaron. Saltaron de sus lugares, hasta rodearme y empujarme hacia la ventana. El piano tocaba una pieza infantil que danzábamos de pequeñas e imaginé una cajita de música con una diminuta y bailarina Tea en su interior mientras los adoquines se me acercaban vestidos de eternidad.

sábado, 31 de octubre de 2015

Dos relatos propios



SIMETRÍAS DEL SUEÑO

Es de noche y estoy cantando las nanas de siempre. Dos niños abrazados, unas arañas invisibles transitan la oscuridad. “Mamá, ¿ya se te ha deshecho el ombligo?”, dice uno. “Igo, mamá, igo”, dice el otro. “Todavía es temprano, cuando durmamos se deshará”. Y canto, y pienso, y cantan conmigo, quién sabe lo que piensan ellos. Uno clava el dedo en un hueco entre las costillas, me duele, aparto esa mano esponjosa y la dejo dentro de la mía, hasta que se deshace. Estas costillas que me pusieron se hunden si las presionas e imagino cuán fácil sería para un gran escualo aplastarlas con sus dientes. Se limpiaría, los dientes, con ellas, a modo de palillos. Saldríamos en una película de Diseney y el tiburón sonreiría satisfecho. Porque los animales de Disney sonríen. También los coches. Coches con boca, con ojos que ven. Para que se parezcan a nuestros ojos, que no ven lo que creen ver. Ni colores, ni vacío, ni movimiento. Lo decía Houellebecq en “Las partículas elementales”: si los bioquímicos se tomaran en serio la física de partículas, toda la estructura de la vida se vendría abajo. Abajo ha caído el niño de la cama. Soñaba con demasiado ímpetu. ¿De qué color recordaría sus sueños, ahora que le duelen? Cura sana, tranquilo, ya pasó. No, nada de colores, la física es matemática, matemática de la simetría. Si hay simetría se descansa, como mis bebés, tan simétricos a cada lado. Si no la hay, se trabaja hasta recuperarla. Con el cura sana hubo suficiente. El cura sana suena, como los fonones. ¿Quién me cantará a mí, tan asimétrica? Tal vez el científico que me descubrió esta tarde al colisionar con mi hijo en el pasillo. Del choque salieron neutrinos, juguetes volando. Esos coches con ojos. Ojos con sabor a premio Nobel. Bravo por el científico. Cierra el laboratorio y olvido que existo. Deshago el ombligo, suben las arañas por mi boca de siempre, las nanas cantando, de noche ya es.











EL VIAJE

Se me había colgado el móvil y esperaba el autobús. Haciendo ver que no me suponía ninguna catástrofe, levanté la cabeza hacia el infinito y vi unos cuantos coches diríase que levitando sobre el asfalto. A mis pies, un perro callejero, con la misma esperanza de compañía. Me daba suaves golpes con su cabeza pelada en grandes círculos y yo le acariciaba el lomo, ocultándole que no podría llevármelo conmigo. El cálido hormigueo en la mano que me había conectado minutos antes a la tecnoesfera me libró de sentir el fino aguijón del bonobús cuando abrió la almohadilla de mi pulgar izquierdo, por querer extraerlo como quien desenfunda un revólver, en el justo momento que apareció el autobús por un agujero de la calle.

Metí la tarjeta en la ranura, un pitido y dejé pasar al siguiente zombi. Todos los asientos ocupados excepto uno. Uf, precisamente ése. Detrás del conductor, espalda azul papá pitufo. El cristal de la ventana, de tan sucio, parecía ahumado, y deformaba la realidad dando coartada a su horripilante aspecto.

Podría haberme sentado de lado, y observar el increíble microhábitat interior del vehículo, pero todos los estudiantes eran demasiado altos. Sólo en el asiento gemelo al mío, al otro lado, superviviente del terremoto que la rueda delantera desencadenaba al ponerse en marcha, vi una figura de cuerpo entero, a diferencia de las mochilas sueltas, cabelleras flotando, converse desfilando como un ejército de bárbaros. En sus tobillos al descubierto vi aparecer aquel familiar animalejo que los persigue a todos. De tanto acostumbrarme a verlo, ya forma parte de mi mundo, y yo del suyo. Inmundo, larguirucho, como una boa constrictor, hace encoger a su huésped en una postura abyecta. No entiendo muy bien por qué ellos nunca se dan cuenta del peso que les ha caído encima, de esa dificultad para andar, arrastrando los pies. Hoy, la víctima hablaba despreocupada con el conductor, que sonreía entornando los ojos color musgo, color niebla, y por la conversación supe que pretendía bajarse en la próxima con el bicho adherido a ella. Pero no esta vez. Pisé una de sus parduscas extensiones y la gigantesca lombriz se expandió mostrando enojo. Le devolví el gesto retador y el viajero se volvió para atrapar mis ojos por el rabillo de los suyos. Al ver que miraba sus pies, examinó que no tuviera alguna mota de barro en los zapatos y que los calcetines fueran iguales. Bajó al llegar a la parada, lentamente. Era el bicho, que se le agarraba, pero yo me hice el fuerte. Me senté en su asiento vacío y conservé las fauces del animal entre mis manos. Afuera, el estudiante, ya libre de la bestia, caminaba casi de puntillas, ágil y seguro de sí mismo. Hay familiares que me preguntan por qué no hablo con la gente, por qué no hablo en general. Yo prefiero no contestar y salvarlos a todos.










jueves, 29 de octubre de 2015

CUENTO PARA HALLOWEEN

Este relato lo escribí hace justo 20 años. Es mi primer cuento gótico. Mis referencias: Carrie, El hombre elefante y los cuentos de Poe. Lo tenía escrito a máquina y lo he pasado a Word. Espero que os guste.

TEA

Mi hermana tenía un solo ojo, una sola ceja depilada en forma de bóveda rojiza y la llamaban cíclope, bruja y no sé cuántas cosas más. Su verdadero nombre, Tea, era a menudo confundido por Teo, diminutivo de Teófila, pero a ella no le molestaba en absoluto. Sencillamente, no se percataba de nada. Ni siquiera de cómo había que vestirse y maquillarse: aún no salía el sol y ya andaba por la casa con una túnica de gasa, el pelo recogido por encima de las orejas y, para adornar los huecos de su rostro, dibujaba cenefas y pequeñas figurillas en la frente, las mejillas, el mentón.

Mi madre era igualmente pelirroja, pero no se arreglaba jamás. Sólo mantenía la estricta costumbre de lavarse a diario y echarse litros de perfume por todo el cuerpo. No recuerdo una sola vez que la viera peinarse (según ella, el pelo rizado no se peina, se deja crecer), mirarse al espejo, planchar su ropa o ponerse crema antiarrugas. Me dijo un día de Reyes que se habría metido a monja si hubiera creído en Dios, pero desgraciadamente nació agnóstica (sólo frecuentaba la iglesia para mantener las formas y la buena reputación) y se mantuvo siempre fiel a su naturaleza.

Dicen que mi padre era comerciante. Yo no podría asegurarlo. Cuando él llegaba a casa toda la familia se había acostado y a la mañana siguiente desaparecía sin esperar siquiera al desayuno. Sólo tengo por cierto que, ya de noche, un fantasma con olor a tabaco se escurría por la habitación y me daba un beso silencioso. Mi madre nunca hablaba de él. Mi hermana no comprendía el significado de la palabra “papá” ni sabía cómo pronunciarla. Pero en el barrio todos lo conocían y me contaban historias de su infancia, de su trabajo, su matrimonio, y yo me las creía.

Tea no iba al colegio. No tenía amigos ni tampoco pensamientos. Pero existía, ocupaba cierto espacio en nuestra casa, comía cuando a mamá le parecía conveniente y a veces entonaba melodías sin letra. Para mí era una caja de música, con forma de bailarina, sin cajones ni recodos secretos. Ella sola se daba cuerda y volteaba por el salón con frenesí. A veces me perseguía, imitaba mis gestos o, simplemente, se sentaba observando cuanto yo hiciese. Otros días la encontraba asomada al balcón, a contraviento, con sus manitas en la baranda y la mirada perdida, sin rumbo fijo, hacia ese mundo externo sin sentido.

En casa teníamos muchos álbumes de fotos. A mi madre le encantaba la cámara. Le hacía una instantánea a cualquier cosa viviente. Yo me encargaba de clasificarlas. Teníamos un apartado para las cucarachas, las mariposas, las nubes, el mar, las palomas, el polvo a trasluz y, ¡cómo no!, planos y más planos de Tea, que también era otro objeto decorativo para mamá. De perfil o de espaldas. Pelo suelto y sonriendo. Tea en la playa, Tea dibujando o tocando el piano.

Porque mi hermana sabía de música. Era uno de esos extraños fenómenos que dedican toda la energía de sus neuronas a una sola aptitud, una aptitud de la que no sacaría provecho económico, mi madre se oponía. De todos modos, nuestro hogar parecía un museo de la música, debido a la cantidad de instrumentos diferentes que almacenaba. Los juguetes de Tea eran aquellos aparatos armónicos, pulidos con paciencia, afinados por un artesano de confianza, el señor Virgilio, que venía cada tres semanas a escuchar las canciones de mi hermana. Ella las inventaba y nunca se repetía. Deliciosas, únicas.

Un día, Tea enfermó. Los médicos ya lo pronosticaron el día de su nacimiento, pero mamá nunca acabó de creérselo. Sin embargo, allí estaba mi hermana tosiendo, expulsando un jugo verdoso y sanguinolento, para demostrar que los oráculos no engañan. Adelgazó en un mes trece quilos, le salieron manchas en la piel, el pelo encaneció, se le agarrotaron las preciosas manos de pianista, su cuerpo parecía el de un duendecillo retorcido y quejumbroso. Tea ya no pintaba, no se asomaba al balcón, huía del sol, rodeada de sus instrumentos, en silencio.

Recuerdo el día que murió con total claridad y, a la vez, con el distanciamiento de una película. Mi padre, al que no había visto en mi vida, estaba frente al ataúd, acariciando la cabeza de mamá. Tenía el pelo rubio oscuro y los ojos muy, muy negros. Me pareció que incluso sus lágrimas eran negras. Y mamá estaba como ausente, con su cabellera enredada casi tocando el suelo, sentada, sin decir nada. Le caían los brazos como a una marioneta. Y la visión del piano, vestido de luto, vigilando la ceremonia como una de esas silenciosas imágenes de iglesia, eclipsando el poder de la palabra litúrgica, acallando los llantos con su presencia. El funeral transcurrió rápido; el entierro también. Nadie quería prolongar la idea. Mi madre se puso a trabajar en un local del pueblo, para no pisar la casa. Quería apartar todos los recuerdos de Tea y encerrarlos en cada copa que servía. Yo pensaba que mamá no había querido lo suficiente a Tea cuando estaba viva y ahora la quería demasiado cuando estaba muerta. Quizá odiaba a mamá porque ya no la veía, porque me encontraba sola, rodeada de sus álbumes e instrumentos. Ya no era una preocupación para nadie. Iba a la escuela y aprobaba las asignaturas, no solía propestar y comía, dormía, crecía con normalidad. Era un don que cultivaba siempre: pasar desapercibida.

Pero tras la desaparición de la cíclope de mi hermana, empecé a notar que me vigilaban. Creía estar rodeada de muchas presencias cuando estaba sola. Al entrar en casa, me estremecía y, con el paso de las horas, el miedo se agudizaba y me entraban unas ganas locas de gritar, sin saber exactamente por qué. No tenía alucinaciones, ni me obsesionaba el recuerdo de Tea, no, no. Era un terror que no podía palpar. Anduve unas semanas tan confusa, tan susceptible, que no podía pegar ojo. A veces me levantaba de noche y recorría la casa, aquella casa majestuosa, señorial, del siglo XVIII, que ya se caía a trozos. Y en la oscuridad sentía de nuevo el aliento de muchas conciencias atacándome, arañándome, reptando por mi espalda. Iba por la casa sin detenerme. Pensaba que, si me quedaba quieta, acabaría como mi hermana. Desde el sofá vigilaba las puertas y las ventanas, cuando el reloj sonaba me estallaba el corazón bajo las costillas. El vello erizado, como un gato. Mi madre nunca conmigo, no podía estar, no debía estar. Creía haber llegado al infierno para pagar el sufrimiento de mi hermana. Y ella estaría en el cielo, sin darse cuenta de nada, absorta en su música, al lado de otras almas huecas e inconscientes.

Fue la música la que me dio la pista. Una tarde me encargaron una tarea en la escuela: componer una partitura y tocarla con mi instrumento favorito. Entré en la sala donde solía tocar mi hermana y que llevaba tanto tiempo sin abrirse. Tenía unos amplios ventanales y el aire de noviembre se introdujo despacio, denso, inundando la habitación de un polvillo rojo, por efecto de la tramontana en los adoquines del jardín. Estuve poco tiempo contemplando con desgana la majestuosidad que otros son capaces de apreciar en aquellas esculturas, el brillo plateado de las flautas, el caoba de los violines, y descolgué el más cercano, el clarinete, de modo inconsciente. El tubo estaba gélido, húmedo, yo diría que sudoroso, y mis manos recogieron una sensación tan desagradable de aquella cosa rígida y hostil que la dejaron caer tras un espasmo instintivo. El clarinete chirrió al impactar contra el suelo y yo hubiera jurado que desprendía satisfacción. Alcé la vista, y entendí  cómo todos y cada uno y al compás, los instrumentos perdidos, olvidados, separados de su dueña, me observaban. No necesitaban ojos ni boca ni expresión alguna. Inmóviles, pero omnipresentes. Y el pìano, el lánguido piano de cola, lo dirigía todo, bajo el ventanal. Se había cerrado la puerta a mis espaldas, cosa que no me pudo alarmar más de lo que ya estaba. Luego, el rasgueo de unas cuerdas de guitarra, un tintineo del xilófono y, de esa forma, los instrumentos fueron sumándose con sus lentos gemidos. Un adagio pianissimo. Mientras, yo andaba buscando un rincón de silencio, un espacio donde esconderme, pero la música me encontraba en cada pared, en cada baldosa del suelo.


Me aferré al picaporte de la puerta a medida que la música se alegraba, se enaltecía, y yo me quemaba las manos, y el pomo no giraba. Golpeaba la puerta, gritaba, nadie podía oírme. Por cada grito, un toque de tambor. Por cada gemido, un chirrido de violín. Entonces supe que no podría conseguirlo. Las melodías de Tea fluían con delicadeza pero yo sólo sentía una repugnancia absoluta, como mi madre detestaba el sonido que yo hacía al masticar. ¿Era éste mi castigo? ¿Una venganza? No podía ser mi hermana, ella nunca se enfadó con nadie, su mundo era tan alegre y despreocupado. ¿Quién me perseguía a mí? Yo, que siempre había pasado desapercibida, me encontraba en el ojo del huracán. Yo, que siempre había deseado un instante de atención, destacar en algo, y había conseguido acelerar la enfermedad de Tea privándola de su medicación, quien rezaba a mi Dios propio para que ella dejara de sobrevolarme. Cuando la amenazaba con fuertes palabras, ella me contestaba con su risita dulce y distante y embobada, inmisericorde. Nadie supo nada porque yo no existía. Ni siquiera cuando ella murió. Nunca viví. Sólo aquellos instrumentos tenían vida propia. La inteligencia que le faltó a mi hermana. Y saltaron de sus lugares, me rodearon y empujaron hacia la ventana. El piano tocaba una pieza infantil que danzábamos de pequeñas e imaginé una cajita de música con una diminuta y bailarina Tea en su interior mientras los adoquines se me acercaban vestidos de eternidad.




miércoles, 28 de octubre de 2015



Un relato de Enrique Jardiel Poncela


Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba...
-También yo te quiero con toda mi alma.
-¿Qué dices? -me preguntó.
-Que yo te quiero también con toda mi alma.
-¿Qué?
Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.
-¿Qué? -me apremiaba.
-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.
Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.
-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!
-¡Lo juro!
-¿Qué?
-¡¡Lo juro!!
-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.
-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.
Veinte parroquianos me miraron con odio.
-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.
-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?
-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.
-¿Y... te gusto?
-¡¡Mucho!!
-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?
-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!
-¿Y mis pestañas?
-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!
Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.
-¿Mi amor te hace dichoso?
-¡¡Dichosísimo!!
-Y cuando puedas abrazarme...
-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.
-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.
-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.
-¡¡Nos echan por escándalo!!
-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos...
Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.
Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.









Otros relatos breves de Max Aub







Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno a las siete y cuarto, lo mismo da que sean las siete y media. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero ésas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados: 


-¡Hola, mano! 


Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. 









EL MONTE



Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña ya no estaba. La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol naciente, dorada.


Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte, cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer, había desaparecido.


Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido algo que valía la pena, de acuerdo con sus ideas.


-Ya te decía yo – le dijo a su mujer.


-Pues es verdad. Así podremos ir más de prisa a casa de mi hermana.






HABLABA Y HABLABA






Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

LA POKEVOLUCIÓN DE QUENTIN

ÉRASE UNA VEZ…TARANTINO Como cualquier fan de Tarantino, fui a disfrutar de su última creación sin la necesidad de buscar algo definit...