Un relato de Enrique Jardiel Poncela
Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de
nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me
amaba...
-También yo te quiero con toda mi alma.
-¿Qué dices? -me preguntó.
-Que yo te quiero también con toda mi
alma.
-¿Qué?
Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.
-¿Qué? -me apremiaba.
-¡Que también yo te quiero con toda mi
alma! -repetí gritando.
Y me arrepentí en seguida, porque diez
parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.
-¿De verdad que me quieres? -preguntó
ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de
vida-. ¡Júramelo!
-¡Lo juro!
-¿Qué?
-¡¡Lo juro!!
-Pero dime que juras que me quieres
-insistió mimosamente.
-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.
Veinte parroquianos me miraron con odio.
-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso
se llama amar de viva voz.
-Entonces -siguió mi amada, ajena a
aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?
-¡De ninguna manera! -grité decidido a
arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de
unos señores que hablaban del Gobierno.
-¿Y... te gusto?
-¡¡Mucho!!
-En tus cartas decías que mis ojos
parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?
-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos
son muy melancólicos!!
-¿Y mis pestañas?
-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!
Todo el café nos miraba. Habían callado
las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras
empezaron a pararse los transeúntes.
-¿Mi amor te hace dichoso?
-¡¡Dichosísimo!!
-Y cuando puedas abrazarme...
-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como
si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que
estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los
rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.
-Haga el favor de no escandalizar -dijo-.
Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.
-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.
-¡¡Nos echan por escándalo!!
-¡Por escándalo! -habló estupefacta-.
Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el
mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos...
Le dije que sí para no meterme en
explicaciones y nos fuimos.
Ahora vivimos en una “villa” perdida en
el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las
cercanías preguntando si ocurre algo grave.

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