miércoles, 28 de octubre de 2015



EL SENDERO DE LA TRAICIÓN



                                                                        




Las críticas nunca han sido favorables al film de Costa-Gavras “El sendero de la traición”. Tal vez le falta algún requisito cinematográfico que se me escapa, pero nunca me ha parecido una obra tediosa, como se le achaca; ni siquiera al descubrirla, a los quince años. Pasa el tiempo y aguanta como cualquier otro clásico. Será que las comparaciones son odiosas, y algunos esperaban algo similar a su anterior película “Missing”, la cual también constituye un relato angustioso e hipnótico. A mí me parece que ambas forman parte de la misma concepción del mundo: uno donde el ser humano es un apasionado y perturbador animal que arrastra su concha de pesadas y oscuras decepciones.







La idea de traición, ya en el título, aparece en todos y cada uno de los personajes, principales y secundarios, algo realmente difícil de conseguir. Se ha dicho de ella que es una película básicamente centrada en las perversiones de los grupos de extrema derecha, pero éste es el telón de fondo, aunque muy bien dibujado. En realidad, su argumento gira en torno a los grupos humanos, las relaciones de pareja y las relaciones de uno consigo mismo. Desde los paralelismos entre la empatía hacia los animales y la falta de empatía hacia las personas en el caso de los fanáticos, como la clasificación fría y tendenciosa del FBI que deja fuera cualquier componente humano (éste es un mercenario, éstos son unos perdedores...), incluso el lenguaje que empiezan a aprender los niños, contrastando el del mayor, que ya empieza a ser más consciente, y la inocencia de la niña, que lo dice sin entender bien qué significa. El evidente y claustrofóbico acoso del jefe sobre la empleada que ella, el fantástico discurso del locutor de radio al inicio de la película que parecería dicho por el mismo director y que acusa a una sociedad entera, en concreto a los vendedores de armas, y su forma de financiar campañas políticas, etc.





Está llena de matices. Los actores, brutales, no sé cómo definirlos, tienen una química imposible de obviar, no recuerdo ninguna otra película donde ambos hayan encontrado una pareja igual, ni siquiera la de Winger con Malkovich en “El cielo protector”. La fotografía cuida los mismos temas: la nocturnidad de las pesadillas, el romanticismo del atardecer en una fiesta del pueblo, la lluvia a cántaros y su gris luminosidad ante la decepción amorosa, el blanco impoluto del FBI…La música, rítmica, trepidante, en relación con el lugar pero también con el género del thriller.






Existe la tendencia por esa época de asociar la música country con ciertas conductas criminales, cercanas a los clubs nocturnos donde se reproduce: Footlose, Thelma y Louise y ésta, por ejemplo. También en las tres se refleja la sensación de felicidad y liberación que nos embarga a todos el ir a una. Forma parte de la humanidad, aunque alguien ha de salirse de vez en cuando para condenar la estupidez, que no es ni el baile ni la comunidad en sí mismos, sino el ambiente autoritario asociado que se distiende demasiado en la selva nocturna, donde algunos deciden soltar presión a costa de los demás.








Lo más difícil, lo que falta por desarrollar y queda en el interior del espectador y en los ojos de los protagonistas (éstos de una claridad hipnótica y reveladora), son las emociones de pareja. El llanto de Winger y Berenger es cuanto nos da. E incluso superando semejante desgarro, el de los niños, si bien queda a lo largo de la película la sonrisa flotante de la más pequeña, aliviando así a cualquier director o espectador atormentado.






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