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miércoles, 28 de octubre de 2015



Otros relatos breves de Max Aub







Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno a las siete y cuarto, lo mismo da que sean las siete y media. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero ésas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados: 


-¡Hola, mano! 


Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. 









EL MONTE



Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña ya no estaba. La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol naciente, dorada.


Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte, cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer, había desaparecido.


Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido algo que valía la pena, de acuerdo con sus ideas.


-Ya te decía yo – le dijo a su mujer.


-Pues es verdad. Así podremos ir más de prisa a casa de mi hermana.






HABLABA Y HABLABA






Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

martes, 27 de octubre de 2015

Sobre la muerte






Sobre la muerte vista desde la perspectiva del niño que contempla el cadáver de su abuelo en “La montaña mágica”, de Thomas Mann:



Resueltas y explicadas en palabras, sus impresiones se había presentado del modo siguiente: la muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir, espiritual; pero al mismo tiempo era de otra naturaleza, casi contraria, muy física y material, y entonces no se la podía considerar bella, ni significativa, ni piadosa, ni siquiera triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba por el suntuoso ataúd del difunto, por la magnificencia de las flores, por las palmas que, como se sabe, significaban la paz celeste; además, y más claramente todavía, por el crucifijo en las manos del abuelo difunto, por el Cristo bendiciendo de Thorwaldsen, que se hallaba sobre la cabecera del féretro, y por los dos candelabros erguidos a ambos lados que, en aquella circunstancia, habían adquirido igualmente un carácter sacerdotal. Todas esas disposiciones hallaban aparentemente su sentido exacto y bienhechor en el pensamiento de que el abuelo había adquirido para siempre su figura definitiva y verdadera. Pero además, como el pequeño Hans Castorp no dejó de notar, a pesar de que no decirlo en voz alta, todo aquello, y sobre todo la enorme cantidad de flores (en particular de tuberosas) tenía por objeto mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni verdaderamente triste, sino más bien ruin, indignamente corporal: tenía por objeto hacer olvidar o impedir que la muerte penetrara a la conciencia. Esa segunda naturaleza de la muerte hacía que el abuelo difunto pareciese tan alejado que, en verdad no parecía en modo alguno el abuelo, sino más bien un muñeco de cera, de tamaño natural, que la muerte había cambiado por la persona y al que se rendían esos piadosos y fastuosos honores. El que yacía allí tendido, o más exactamente, lo que se hallaba allí tendido no era, pues, el abuelo, sino unos restos que Hans Castorp sabía que no eran de cera, sino de su propia materia, y en eso radicaba el carácter mezquino y la escasa tristeza del fenómeno; era tan poco triste como todas las cosas que conciernen al cuerpo y que no atañen más que a él. El pequeño Hans Castorp contemplaba esa materia lisa, amarilla como la cera y de una consistencia caseiforme, de que estaba hecha aquella figura mortuoria de tamaño natural, con el rostro y las manos del que había sido su abuelo. Una mosca acababa de posarse sobre la frente inmóvil y comenzó a agitar sus patitas. El viejo Fiete la espantó con precaución evitando tocar la frente, con expresión sombría, como si no debiese ni quisiera saber lo que hacía. Su expresión se debía aparentemente al hecho de que el abuelo ya no era más que un cuerpo inerte.







LOS SUICIDIOS DE MAX AUB

Los suicidios de Max Aub, imperdibles:
  • Suicidarse en seco.
  • Se suicida uno por todo.
  • ¿Quién no se ha suicidado?
  • Se suicida el que pierde, por ganar. Sentido exacto de ganar por la mano.
  • Nadie se suicida por equivocación ni por ignorancia. Morirse es otra cosa aunque, a veces, parezca un suicidio.
  • Trabaja uno hasta matarse.
  • En todo suicidio hay un asesino que nunca es el suicida. Otro otro.
  • No debí haber nacido. ¿O es que los padres son infalibles? ¿O cada coyunda es imagen de Dios? Me nacieron en un tiempo que me asquea. Ustedes lo pasen bien. Yo, sin duda, lo pasaré mejor.
  • Voy a ver qué pasa.
  • No tengo ninguna razón para hacerlo, pero tampoco para no hacerlo.
  • A ver si lo adivinan. Si no, tanto da.
  • Me suicido por el gusto de hacerlo.
  • Que Dios me lo tenga en cuenta.
  • Llámanlo el sueño eterno. Como padezco horriblemente de insomnio, pruebo.
  • Me suicido para que hablen de mí.
  • ¡Adivinen, jóvenes, ya que son tan listos!








PHILIPP MÄINLANDER


Amalfi [fragmento]
9
Las lágrimas que derrama el hombre en el sepulcro de su esperanza,
¿son rocío por el esplendor juvenil? ¿Son bendiciones
para que el hombre arraigue? ¿O son las gotas de sabia
que el árbol resecan, cuando su médula está
herida de muerte?
Como nubes que en la noche otoñal tormentosas restallan,
así persiguen mi alma pensamientos de muerte.
Por ti contendré el dolor; pero, dirás, tú también lo sientes.

10
Igual que en invierno las verdes hojas
caen del árbol, y la rica vida de las plantas
fluye hacia las raíces y allí se reúne,
así perdí
juventud y alegría, y con todas mis fuerzas
vertí hacia dentro mi vida entera.
Pero ni la primavera a una nueva juventud me llama,
ni la alegría de nuevo despierta.
Pues en mi dolorosa y feroz rabia vive;
Y con la excitada sangre del corazón
alimento el fuego salvaje
de la consumidora llama.

El valor de la existencia. Diálogo [fragmento]
II. Segunda voz – El hijo de la luz
Ah, cuán vana, cuán triste
es la lucha por la existencia. Aprende ¡oh, hombre!
como primer principio de sabiduría
que por un bien
tu alma está en vilo.
Arroja pronto los vanos cuidados.
Bebe el agua clara, recogida en tu mano, y
colma tu hambre con magra comida
y escaso alimento.
Purifica tu espíritu de doctrinas indignantes y
adómalo con las perlas que, desde las profundidades,
el mar de la negación te arroja,
tormentosamente agitado.
¡Aprende a amar con el espíritu, mortifica
el amor del corazón; y bendice,
bendice con alegría cada hora que más cerca de la tumba
te conduce!

lunes, 26 de octubre de 2015



TEXTOS DE TRES GRANDES ESCRITORES ESPAÑOLES

R. J. Sender (fragmento de "La esfera")


Estamos rodeados de filtros que atenúan la impresión de todo lo que nos llega de fuera. Los ojos no son para ver, sino sobre todo para no ser deslumbrados por los rayos demasiado poderosos. La física ha demostrado que sólo vemos el dieciséis por ciento de lo que podríamos ver. Los oídos no son sólo para oír, sino especialmente para librarnos del caos de las grandes vibraciones. De todas partes llegan a nosotros rayos luminosos por encima del violeta y por debajo del rojo, que el filtro de nuestras pupilas rechaza. De todas partes llegan ruidos enormes que no oímos porque el tímpano nos defiende contra ellos. Esos filtros que actúan en todas las formas de nuestra sensibilidad nos protegen constantemente contra el ataque de la luz, el sonido, las formas. Pero el mayor de esos filtros es la inteligencia. La tenemos no para comprender, sino sobre todo para “no comprender demasiado”. ¿Qué horribles o inefables verdades acuden a nuestra inteligencia y “quedan fuera”? ¿Contra qué revelaciones o evidencias nos defiende la inteligencia? ¿Y cuál será el peligro de esas evidencias? Pero lo cierto es que esas verdades llegan a nosotros como llega la luz deseando ser asimilada, comprendida.




Max Aub, "El olor"

Ese olor. Ese olor que me acongoja, ese olor que me sigue, ese olor que me persigue. Ese olor...

Lo vi, estaba allí: quieto, repugnante, alrededor de la cosa. Podrido. De un salto se me agarró desesperadamente, y, ahora, por más que hago, no hallo manera de deshacerme de él. Me lavo, me restrego, me hundo en el agua, ando bajo la lluvia, en el mar. Me alejo. —Ya lo perdí. Sonrío: —Ya lo engañé. Me desespero: —Pude con él.

Y ahí vuelve, solapado, leve, lento, tenue, hediondo, persistente, quieto, fijo, horrible.

—¿Usted no sabe cómo podría deshacerme de él? Me persigue. Me estoy quieto sin respirar. Atento, mirando, convenciéndome de que se va, de que se fue. Pero no. Está ahí, aguardándome taimado. ¿De dónde?

Cambio de ropa. Hago las más diversas abluciones; me perfumo. Yo, ¡que no me perfumo nunca! Vuelve el tufo, peste ligera, no por ello menos peste. Me persigue, le aseguro que me persigue. Mugre lenta, despaciosa, socarrona. De connivencia, ¿con quién?, ¿con qué?, ¿qué me quiere?, ¿por qué me sigue?, ¿qué engaño?, ¿qué astucia?

Me escondo tras la primera esquina, espero. Sé que me busca. Pasa de largo, me pierde. Respiro.

Pero está ahí, por lo bajo disimulado, a lo zaíno. Callado. ¡Oh, si gritara!

Me envuelve, penetra sinuoso, espía, me acaba.

¿Qué es un mal olor? Nada. ¿Quién se fija? Un tufo. Un hedor. ¡A quién le importa! ¿A quién le digo que me atosiga? Creerán que no sé lo que digo. ¡Sí! ¡Sí!

Pero ahí está esta basura mugrienta. Nada me libra. ¡Si tuviese color!

Lo tiene. Es rojo, rojo pardo, rojo sucio, rojo verde, rojo oscuro, rojo negro, rojo, rojo corrupto, rojo carroñoso, rojo basura, rojo fétido, rojo mugre, rojo sinuoso, rojo disimulado, ¡ahí!, en mi pecho, subiendo por la garganta, saltando por encima de la boca, metiéndose por las alas de la nariz, revolcándose con el moco, llenándome todo.

¡Llevadlo! ¡Llevadme! ¡Ese olor, ese olor muerto! ¡Ese olor de muerte! ¡Ese olor putrefacto, que me carcome! Ese olor vivo de la muerte.




Miguel de Unamuno, de "El sentimiento trágico de la vida"


Lo que va a seguir no me ha salido de la razón, sino de la vida, aunque para transmitíroslo tengo en cierto modo que racionalizarlo. Lo más de ello no puede reducirse a teoría o sistema lógico, pero como Walt Whitman, el enorme poeta yanqui, os encargo que no se funde escuela o teoría sobre mí. «I charge that there be no theory or school founded out of me». (MYSELF AND MINE.) 

Ni son las fantasías que han de seguir mías, ¡no! Son también de otros hombres, no precisamente de otros pensadores, que me han precedido en este valle de lágrimas y han sacado fuera su vida y la han expresado. Su vida, digo, y no su pensamiento sino en cuanto era pensamiento de vida; pensamiento a base irracional.

¿Quiere esto decir que cuanto vamos a ver, los esfuerzos de lo irracional por expresarse, carece de toda racionalidad, - de todo valor objetivo? No; lo absoluto, lo irrevocablemente irracional e inexpresable, es intransmitible. Pero lo contrarracional, no. Acaso no hay modo de racionalizar lo irracional; pero lo hay de racionalizar lo contrarracional y es tratando de exponerlo. Como sólo es inteligible, de veras inteligible, lo racional; como lo absurdo está condenado, careciendo como carece de sentido, a ser intransmitible, veréis que cuando algo que parece irracional o absurdo logra uno expresarlo y que se lo entiendan, se resuelve en algo racional siempre, aunque sea en la negación de lo que se afirma.
Los más locos ensueños de la fantasía tienen algún fondo de razón, y quién sabe si todo cuanto puede imaginarse un hombre no ha sucedido, sucede o sucederá alguna vez en uno o en otro mundo. Las combinaciones posibles son acaso infinitas. Sólo falta saber si todo lo imaginable es posible.




LA POKEVOLUCIÓN DE QUENTIN

ÉRASE UNA VEZ…TARANTINO Como cualquier fan de Tarantino, fui a disfrutar de su última creación sin la necesidad de buscar algo definit...