Sobre la muerte vista desde la perspectiva del niño que
contempla el cadáver de su abuelo en “La montaña mágica”, de Thomas Mann:
Resueltas y explicadas en palabras, sus impresiones se había presentado del modo siguiente: la muerte era de
una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir,
espiritual; pero al mismo tiempo era de otra naturaleza, casi contraria, muy
física y material, y entonces no se la podía considerar bella, ni
significativa, ni piadosa, ni siquiera triste. La naturaleza solemne y
espiritual se expresaba por el suntuoso ataúd del difunto, por la magnificencia
de las flores, por las palmas que, como se sabe, significaban la paz celeste;
además, y más claramente todavía, por el crucifijo en las manos del abuelo
difunto, por el Cristo bendiciendo de Thorwaldsen, que se hallaba sobre la
cabecera del féretro, y por los dos candelabros erguidos a ambos lados que, en
aquella circunstancia, habían adquirido igualmente un carácter sacerdotal.
Todas esas disposiciones hallaban aparentemente su sentido exacto y bienhechor
en el pensamiento de que el abuelo había adquirido para siempre su figura
definitiva y verdadera. Pero además, como el pequeño Hans Castorp no dejó de
notar, a pesar de que no decirlo en voz alta, todo aquello, y sobre todo la
enorme cantidad de flores (en particular de tuberosas) tenía por objeto mitigar
ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni verdaderamente triste, sino
más bien ruin, indignamente corporal: tenía por objeto hacer olvidar o impedir
que la muerte penetrara a la conciencia. Esa segunda naturaleza de la muerte
hacía que el abuelo difunto pareciese tan alejado que, en verdad no parecía en
modo alguno el abuelo, sino más bien un muñeco de cera, de tamaño natural, que
la muerte había cambiado por la persona y al que se rendían esos piadosos y
fastuosos honores. El que yacía allí tendido, o más exactamente, lo que se
hallaba allí tendido no era, pues, el abuelo, sino unos restos que Hans Castorp
sabía que no eran de cera, sino de su propia materia, y en eso radicaba el
carácter mezquino y la escasa tristeza del fenómeno; era tan poco triste como
todas las cosas que conciernen al cuerpo y que no atañen más que a él. El
pequeño Hans Castorp contemplaba esa materia lisa, amarilla como la cera y de
una consistencia caseiforme, de que estaba hecha aquella figura mortuoria de
tamaño natural, con el rostro y las manos del que había sido su abuelo. Una
mosca acababa de posarse sobre la frente inmóvil y comenzó a agitar sus
patitas. El viejo Fiete la espantó con precaución evitando tocar la frente, con
expresión sombría, como si no debiese ni quisiera saber lo que hacía. Su
expresión se debía aparentemente al hecho de que el abuelo ya no era más que un
cuerpo inerte.
LOS SUICIDIOS DE MAX AUB
Los suicidios de Max Aub, imperdibles:
- Suicidarse en seco.
- Se suicida uno por todo.
- ¿Quién no se ha suicidado?
- Se suicida el que pierde, por ganar. Sentido exacto de ganar por la mano.
- Nadie se suicida por equivocación ni por ignorancia. Morirse es otra cosa aunque, a veces, parezca un suicidio.
- Trabaja uno hasta matarse.
- En todo suicidio hay un asesino que nunca es el suicida. Otro otro.
- No debí haber nacido. ¿O es que los padres son infalibles? ¿O cada coyunda es imagen de Dios? Me nacieron en un tiempo que me asquea. Ustedes lo pasen bien. Yo, sin duda, lo pasaré mejor.
- Voy a ver qué pasa.
- No tengo ninguna razón para hacerlo, pero tampoco para no hacerlo.
- A ver si lo adivinan. Si no, tanto da.
- Me suicido por el gusto de hacerlo.
- Que Dios me lo tenga en cuenta.
- Llámanlo el sueño eterno. Como padezco horriblemente de insomnio, pruebo.
- Me suicido para que hablen de mí.
- ¡Adivinen, jóvenes, ya que son tan listos!
PHILIPP MÄINLANDER
Amalfi [fragmento]
9
Las lágrimas que derrama el hombre en el sepulcro de su esperanza,
¿son rocío por el esplendor juvenil? ¿Son bendiciones
para que el hombre arraigue? ¿O son las gotas de sabia
que el árbol resecan, cuando su médula está
herida de muerte?
Como nubes que en la noche otoñal tormentosas restallan,
así persiguen mi alma pensamientos de muerte.
Por ti contendré el dolor; pero, dirás, tú también lo sientes.
Las lágrimas que derrama el hombre en el sepulcro de su esperanza,
¿son rocío por el esplendor juvenil? ¿Son bendiciones
para que el hombre arraigue? ¿O son las gotas de sabia
que el árbol resecan, cuando su médula está
herida de muerte?
Como nubes que en la noche otoñal tormentosas restallan,
así persiguen mi alma pensamientos de muerte.
Por ti contendré el dolor; pero, dirás, tú también lo sientes.
10
Igual que en invierno las verdes hojas
caen del árbol, y la rica vida de las plantas
fluye hacia las raíces y allí se reúne,
así perdí
juventud y alegría, y con todas mis fuerzas
vertí hacia dentro mi vida entera.
Pero ni la primavera a una nueva juventud me llama,
ni la alegría de nuevo despierta.
Pues en mi dolorosa y feroz rabia vive;
Y con la excitada sangre del corazón
alimento el fuego salvaje
de la consumidora llama.
Igual que en invierno las verdes hojas
caen del árbol, y la rica vida de las plantas
fluye hacia las raíces y allí se reúne,
así perdí
juventud y alegría, y con todas mis fuerzas
vertí hacia dentro mi vida entera.
Pero ni la primavera a una nueva juventud me llama,
ni la alegría de nuevo despierta.
Pues en mi dolorosa y feroz rabia vive;
Y con la excitada sangre del corazón
alimento el fuego salvaje
de la consumidora llama.
El valor de la existencia. Diálogo [fragmento]
II. Segunda voz – El hijo de la luz
Ah, cuán vana, cuán triste
es la lucha por la existencia. Aprende ¡oh, hombre!
como primer principio de sabiduría
que por un bien
tu alma está en vilo.
Arroja pronto los vanos cuidados.
Bebe el agua clara, recogida en tu mano, y
colma tu hambre con magra comida
y escaso alimento.
Purifica tu espíritu de doctrinas indignantes y
adómalo con las perlas que, desde las profundidades,
el mar de la negación te arroja,
tormentosamente agitado.
¡Aprende a amar con el espíritu, mortifica
el amor del corazón; y bendice,
bendice con alegría cada hora que más cerca de la tumba
te conduce!
es la lucha por la existencia. Aprende ¡oh, hombre!
como primer principio de sabiduría
que por un bien
tu alma está en vilo.
Arroja pronto los vanos cuidados.
Bebe el agua clara, recogida en tu mano, y
colma tu hambre con magra comida
y escaso alimento.
Purifica tu espíritu de doctrinas indignantes y
adómalo con las perlas que, desde las profundidades,
el mar de la negación te arroja,
tormentosamente agitado.
¡Aprende a amar con el espíritu, mortifica
el amor del corazón; y bendice,
bendice con alegría cada hora que más cerca de la tumba
te conduce!



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