sábado, 31 de octubre de 2015

Dos relatos propios



SIMETRÍAS DEL SUEÑO

Es de noche y estoy cantando las nanas de siempre. Dos niños abrazados, unas arañas invisibles transitan la oscuridad. “Mamá, ¿ya se te ha deshecho el ombligo?”, dice uno. “Igo, mamá, igo”, dice el otro. “Todavía es temprano, cuando durmamos se deshará”. Y canto, y pienso, y cantan conmigo, quién sabe lo que piensan ellos. Uno clava el dedo en un hueco entre las costillas, me duele, aparto esa mano esponjosa y la dejo dentro de la mía, hasta que se deshace. Estas costillas que me pusieron se hunden si las presionas e imagino cuán fácil sería para un gran escualo aplastarlas con sus dientes. Se limpiaría, los dientes, con ellas, a modo de palillos. Saldríamos en una película de Diseney y el tiburón sonreiría satisfecho. Porque los animales de Disney sonríen. También los coches. Coches con boca, con ojos que ven. Para que se parezcan a nuestros ojos, que no ven lo que creen ver. Ni colores, ni vacío, ni movimiento. Lo decía Houellebecq en “Las partículas elementales”: si los bioquímicos se tomaran en serio la física de partículas, toda la estructura de la vida se vendría abajo. Abajo ha caído el niño de la cama. Soñaba con demasiado ímpetu. ¿De qué color recordaría sus sueños, ahora que le duelen? Cura sana, tranquilo, ya pasó. No, nada de colores, la física es matemática, matemática de la simetría. Si hay simetría se descansa, como mis bebés, tan simétricos a cada lado. Si no la hay, se trabaja hasta recuperarla. Con el cura sana hubo suficiente. El cura sana suena, como los fonones. ¿Quién me cantará a mí, tan asimétrica? Tal vez el científico que me descubrió esta tarde al colisionar con mi hijo en el pasillo. Del choque salieron neutrinos, juguetes volando. Esos coches con ojos. Ojos con sabor a premio Nobel. Bravo por el científico. Cierra el laboratorio y olvido que existo. Deshago el ombligo, suben las arañas por mi boca de siempre, las nanas cantando, de noche ya es.











EL VIAJE

Se me había colgado el móvil y esperaba el autobús. Haciendo ver que no me suponía ninguna catástrofe, levanté la cabeza hacia el infinito y vi unos cuantos coches diríase que levitando sobre el asfalto. A mis pies, un perro callejero, con la misma esperanza de compañía. Me daba suaves golpes con su cabeza pelada en grandes círculos y yo le acariciaba el lomo, ocultándole que no podría llevármelo conmigo. El cálido hormigueo en la mano que me había conectado minutos antes a la tecnoesfera me libró de sentir el fino aguijón del bonobús cuando abrió la almohadilla de mi pulgar izquierdo, por querer extraerlo como quien desenfunda un revólver, en el justo momento que apareció el autobús por un agujero de la calle.

Metí la tarjeta en la ranura, un pitido y dejé pasar al siguiente zombi. Todos los asientos ocupados excepto uno. Uf, precisamente ése. Detrás del conductor, espalda azul papá pitufo. El cristal de la ventana, de tan sucio, parecía ahumado, y deformaba la realidad dando coartada a su horripilante aspecto.

Podría haberme sentado de lado, y observar el increíble microhábitat interior del vehículo, pero todos los estudiantes eran demasiado altos. Sólo en el asiento gemelo al mío, al otro lado, superviviente del terremoto que la rueda delantera desencadenaba al ponerse en marcha, vi una figura de cuerpo entero, a diferencia de las mochilas sueltas, cabelleras flotando, converse desfilando como un ejército de bárbaros. En sus tobillos al descubierto vi aparecer aquel familiar animalejo que los persigue a todos. De tanto acostumbrarme a verlo, ya forma parte de mi mundo, y yo del suyo. Inmundo, larguirucho, como una boa constrictor, hace encoger a su huésped en una postura abyecta. No entiendo muy bien por qué ellos nunca se dan cuenta del peso que les ha caído encima, de esa dificultad para andar, arrastrando los pies. Hoy, la víctima hablaba despreocupada con el conductor, que sonreía entornando los ojos color musgo, color niebla, y por la conversación supe que pretendía bajarse en la próxima con el bicho adherido a ella. Pero no esta vez. Pisé una de sus parduscas extensiones y la gigantesca lombriz se expandió mostrando enojo. Le devolví el gesto retador y el viajero se volvió para atrapar mis ojos por el rabillo de los suyos. Al ver que miraba sus pies, examinó que no tuviera alguna mota de barro en los zapatos y que los calcetines fueran iguales. Bajó al llegar a la parada, lentamente. Era el bicho, que se le agarraba, pero yo me hice el fuerte. Me senté en su asiento vacío y conservé las fauces del animal entre mis manos. Afuera, el estudiante, ya libre de la bestia, caminaba casi de puntillas, ágil y seguro de sí mismo. Hay familiares que me preguntan por qué no hablo con la gente, por qué no hablo en general. Yo prefiero no contestar y salvarlos a todos.










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