El amor o cuanto sea aquello que recibe su nombre
Las teorías y justificaciones del no querer:
circulan todo tipo de filosofías de vida para no enfrentarse a las fuerzas de
la naturaleza. Está la fuerza del hambre, del descanso, de la perpetuación, del
amor. El sofá tiene sus propios encantos, cada vez más arrebatadores a medida
que pasa el tiempo. Como seres sociales, también se dan los miedos: al rechazo,
al dolor, a la muerte. Como seres lingüísticos y culturales justificamos
nuestras acciones, con frecuencia, en contra de necesidades básicas, cuando se
nos aparece un conflicto. ¿Pero acertamos siempre el diagnóstico?
Se suele decir, lo que tiene cierto halo de mito o
convención, que las mujeres gestionamos mejor las emociones. Pensamos más en
ellas, hablamos sobre ellas, las ofrecemos como moneda de cambio. ¿Esto
convierte a los hombres en máquinas? ¿En Clint Eastwood sufriendo en silencio?
¿En devoradores insaciables e inconscientes de partidos de fútbol o pornografía
de salón? ¿La querida casual que soluciona situaciones insoportables? ¿No es
esto también una construcción social? ¿Tenemos configuraciones cerebrales
innatas diferentes o es la educación la que acaba por diferenciarlas? ¿Tendrán
los hombres una superioridad moral en ese sentido, al no dejarse llevar por el
amor, mucho peor, más devastador, que el sexo? ¿Una enfermedad que dura
muchísimo más que un rollo de una noche, un asqueante lastre que se engancha
como un racimo de anzuelos? ¿No es esto de lo que se convenció la religiosa
Mariana Alcoforado, inspiradora de Choderlos de Laclos en “Las amistades peligrosas”?
En
esta carta a su amado y olvidadizo Marqués Noel Bouton de Chamilly, conde de Saint-Léger rezuma una misoginia hacia sí misma sólo comparable a la Biblia en la que se ha educado.:
¿Qué será de mí? ¿Qué queréis que yo haga? ¡Qué lejos estoy de todo lo que había imaginado!
Esperaba que me escribierais desde todos los lugares por donde pasarais y que vuestras cartas fuesen muy extensas. Que alimentarais mi pasión con la esperanza de poder volveros a ver, que la entera confianza en vuestra fidelidad me daría algún tiempo de reposo, y que permanecería en un estado soportable, sin sufrir este dolor extremo…
¡Pobre de mí!. Cómo lamento no poder compartir con vos mis dolores, y tener que sufrir completamente sola y desgraciada. Este pensamiento me mata, y me muero de pensar que jamás haya sido extremadamente sensible a nuestros placeres…
Lamento, sólo por vuestro amor, todos los placeres infinitos que habéis perdido: ¿es posible que no los quisierais gozar? ¡Ah! Si los conocierais sin duda veríais que son mucho más intensos que lo que os produce mantenerme engañada y comprenderíais que uno es mucho más feliz, que siente algo mucho más fuerte, cuando ama de manera violenta que cuando es amado…
No sé por qué os escribo, bien veo solamente que tendréis pena de mí y no quiero en absoluto vuestra piedad….
Atribuyo toda mi desdicha a la ceguera con que me abandoné a tu cariño.
(No debía haber previsto que mis goces acabarían antes que mi amor? [...]
Pero, ay, me engaño y sé de sobra que todas las emociones que llenaban
mi cabeza y mi corazón, en ti no provocaban más que algunos placeres y
terminaban con ellos. Ojalá que en esos momentos de suprema felicidad
hubiera llamado en auxilio a mi razón, para moderar el desgraciado exceso
de mis deliquios y para prevenirme de todo lo que sufro ahora.
Una de las fuerzas naturales que los hombres llevan
peor, asociada para siempre a películas soporíferas de Julia Roberts y Renée
Zellewegger, es el amor. Lo asocian de forma inseparable o bien al sexo o bien
a la fundación de una familia, bien a ambas en una mezcla similar a la de la
mujer más convencional, pero nunca lo desligan a alguno de estos factores;
tampoco la mujer-niña devoradora de finales Disney. Sólo lo tratarán por sí
solo, como ente aislado, si son teólogos, filósofos o poetas, y en ese caso lo
diseccionarán como un entomólogo haría con la polilla de “El silencio de los
corderos”, buscando la metáfora, la disertación, la palabra justa, para
disecarlo, porque es su trabajo, manteniéndolo en un segundo, tercer, quinto
plano, a ser posible. La vida es mucho más prosaica, horrorosa, hay que buscar
un salvaducto para las necesidades más urgentes: las del estómago, la vejiga,
ese malestar estacional, una infancia compartida que ya no vuelve pero insiste
en retornar y buscar lo eterno conocido.
En las mujeres, siguiendo los estereotipos que aún
siguen vigentes en la mayor parte de hogares, muchas no se lo permitirán y lo
anularán mentalmente ante el horror de un hogar destruido, descompuesto, todo
por el bien de los niños. La aceptación social, si bien no es grande para el
hombre, es prácticamente inexistente para la mujer. Es lógico. Los huracanes no
suelen ser bienvenidos. Pero cabría preguntarse qué es lo que piden exactamente
los niños. Horarios estables, cariño por parte de sus progenitores, un ambiente
cálido en casa. Sobre sus historias íntimas no suelen decir gran cosa, no
tienen ni idea hasta que con cuarenta años deciden preguntárselo, con
curiosidad, a su octogenario antecesor antes de que se lleve la historia
consigo. Saben mucho más los padres de las historias de sus hijos, incluso en
la adolescencia que no al revés, es otra ley de la naturaleza, la de saber cómo
obtener información privilegiada.
Otra fuerza en liza, la fundamental, es, pues, el
sentimiento de culpa, y el mayor es hacia el compañero. En dicho sentido, los
demás importan mucho menos. Aquí se da una diferencia fundamental entre el
hombre y la mujer, que se reproduce y que se entronca con dicha educación
emocional, incluso en aquellas féminas más inmaduras. Con frecuencia se dice,
de nuevo ese mito que corre de boca en boca, que la mujer no se lanza sin haber
sopesado ya todas las posibilidades. En contraposición del hombre, como si él
no pensara las cosas, como si sólo decidiera cuando no le queda otra. Los dos
casos son posibles para ambos sexos. ¿Por qué no? Según la leyenda, en las
mujeres eso no significa que no se deje llevar por el deseo, pero le da muchas,
muchísimas más vueltas que el hombre y nada la pilla desprevenida. Si
alguna vez decide dinamitar su relación oficial de pareja, será después de
haber pasado meses en vela pensando en lo que viene después. El hombre, por lo
visto, es un maestro de la improvisación.
El sentimiento de culpa, la necesidad del otro, del
primero, del de siempre, de esa parte de nosotros que ni siquiera conseguimos
imaginar arrancada del propio cuerpo, esa tranquilidad, esa ternura, esa
sencillez del estar a su lado, esa pasión existente por acumulación en
incontables momentos, esa casa conquistada, con su trabajo estable, pero, sobre
todo, esa mirada del escapista en el otro y anticiparse a la reacción, al
sentimiento de traición, a la rabia, puede ser mucho más poderoso. Para que el
amor consiga romper algo así ha de ser devastador. Insuperable. ¿Es ello
posible? Lo es, lo sigue siendo, y ocurre en todo momento en el planeta
millones de veces. ¿Cómo va a ser una enfermedad? También llamaban enfermedad
al sexo. El amor hace travesuras desde la primera vez.
Todo ello, como constructo cultural, porque las diferencias entre hombres y mujeres distan mucho de estar claras. Sin embargo, la organización social en celdillas constituye una estructura que se rebela ante cualquiera de sus alteraciones.
Uno diría que el amor sólo es una tontería que se
tiene de joven cuando no hay otra preocupación en la que pensar. Con esto se
resumiría todo. Lo importante, la mera subsistencia, tener agua y comida, un
techo, tus hijos a resguardo, nada asegurado hoy en día, deja todo lo demás en
caprichos de gente privilegiada. Si no fuera porque los hay que se suicidan,
que enfrentan familias rivales, que traicionan a su país, sus convicciones
religiosas, que se matan de hambre o comen como si fuera su último día en la
Tierra, para sobrellevarlo, uno diría que sí, que el amor es una invención. Un
problema cerebral. Una excusa. Un cuento de viejas. Algo de qué hablar.
Sólo puedo acabar con esta bonita historia platónica, que dio para todo un banquete:
“A continuación debe considerar más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma, aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle, cuidarle, engendrar y buscar razonamientos tales que hagan mejores a los jóvenes, para que sea obligado, una vez más, a contemplar la belleza que reside en las normas de conducta y a reconocer que todo lo bello está emparentado consigo mismo, y considere de esta forma la belleza del cuerpo como algo insignificante. Después de las normas de conducta debe conducirle a las ciencias, para que vea también la belleza de éstas y, fijando ya su mirada en esa inmensa belleza, no sea, por servil dependencia, mediocre y corto de espíritu, apegándose como esclavo, a la belleza de un solo ser, cual la de un muchacho, de un hombre o de una norma de conducta, sino que, vuelto hacia ese mar de lo bello y contemplándolo, engendre muchos bellos y magníficos discursos y pensamientos en inagotable filosofía, hasta que fortalecido entonces y crecido descubra una única ciencia cual es la ciencia de una belleza como la siguiente. Intenta ahora prestarme la máxima atención posible. En efecto, quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del amor, tras haber contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta sucesión, descubrirá de repente, llegando ya al término de su iniciación amorosa, algo maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello mismo, Sócrates, por lo que precisamente se hicieron todos los esfuerzos anteriores, que, en primer lugar, existe siempre y ni nace ni perece, ni crece ni decrece; en segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo respecto a otra, ni aquí bello y allí feo, como si fuera para unos bello y para otros feo. Ni tampoco se le aparecerá esta belleza bajo la forma de un rostro ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que participa un cuerpo, ni como razonamiento, ni como una ciencia, ni como existente en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en el cielo o en algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo misma específicamente única, mientras que todas las otras cosas participan de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de éstas no le causa ni aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente nada. Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar aquella belleza, puede decirse que toca casi el fin. Pues ésta es justamente el recto método de acercarse a las cosas del amor o de ser conducido por otro: empezando por las cosas bellas de aquí [de este mundo] y sirviéndose de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, sobre la base de aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de éstos terminar en aquél conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la Belleza en sí. En este periodo de la vida, querido Sócrates, más que en ningún otro, le merece la pena al hombre vivir: cundo contempla la Belleza en sí. Si alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el oro ni con los vestidos, ni con los jóvenes y adolescentes bellos, ante cuya presencia ahora te quedas extasiado y estás dispuesto, tanto tú como otros muchos, con tal de poder ver al amado y estar siempre con él, a no comer ni beber, si fuera posible, sino únicamente a contemplarlo y estar en su compañía. ¿Qué debemos imaginar, pues, si le fuera posible a alguno ver la belleza en sí, pura, limpia, sin mezcla y no infectada de carnes humanas, ni de colores ni, en suma, de otras muchas fruslerías mortales, y pudiera contemplar la divina Belleza en sí, específicamente única? ¿Acaso crees que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección, que contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su compañía? ¿O no crees que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo que es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no estar en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está en contacto con la verdad? Y al que ha engendrado y criado una virtud verdadera, ¿no crees que le es posible hacerse amigo de los dioses y llegar a ser, si algún otro hombre puede serlo, inmortal también él?”
“Esto, Fedro, y demás amigos, dijo Diotima y yo quedé convencido; y convencido intento también persuadir a los demás de que para adquirir esta posesión difícilmente podría uno tomar un colaborador de la naturaleza humana mejor que Eros. Precisamente, por eso, yo afirmo que todo hombre debe honrar a Eros, y no sólo yo mismo honro las cosas del Amor y las practico sobremanera, sino que también las recomiendo a los demás y ahora y siempre elogio el poder y valentía de Eros, en la medida en que soy capaz. Considera, pues, Fedro, este discurso, si quieres, como un encomio dicho en honor de Eros o, si prefieres, dale el nombre que te guste y como te guste”.




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