viernes, 30 de octubre de 2015

Del conocimiento, la máscara y la ignorancia


Cabe plantearse si el exceso de conocimiento (aun siendo éste escaso en función de la magnitud que abarca el universo) atenta contra la integridad personal. Es agradable saber de gente que defiende los animales, los árboles, la vida en el planeta en toda su extensión, pero a veces, para seguir defendiéndolos, hay que estrechar otras perspectivas. Diane Fossey no soportaba la compañía humana. Algunos serían capaces de encarcelar a un anciano hambriento por haber matado un lagarto en peligro de extinción.


Diane Fossey






Sobre las utopías, quien las defiende olvida que cualquier sistema, en el momento en que se convierte en una organización política real, se corrompe con suma facilidad, es decir, no aguanta su aplicación práctica y, para mantenerla, se cometen crímenes espantosos, como ocurre en los regímenes comunistas, nacionalistas, teologistas, capitalistas, transhumanistas, patriarcales, matriarcales, cientifistas, etc. Los romanos sufrieron diferentes formas de gobierno y en todas ellas podemos estudiar su decadencia. Los griegos, como fundadores de la democracia teórica, junto con otras formas de gobierno, no eran en absoluto demócratas, defendían la esclavitud y la división en diferentes castas, según se fuera rico, pobre, hombre o mujer, ateniense o bárbaro.



Senado de la Antigua Roma


En paralelismo con el principio de incertidumbre a nivel subatómico, si nos fijamos en el individuo particular, la ilusión de sistema desaparece. Para mantener la ilusión, conviene no mirar muy de cerca sus componentes. Y, viceversa, proteger al individuo concreto puede atentar contra las normas sociales. Como ser miope e hipermétrope a la vez. Cuanto más implicado se está con una causa, más ciego se permanece a sus críticas. Cuanto más cerca del individuo, menos implicación social en comunidades de gran tamaño.

Sin embargo, si se quiere hacer confluir el conocimiento de cerca y de lejos, si se quiere tener una mirada con lentes progresivas, aparece la visión de caos, de cambio aleatorio, de alienación. Para sentirse integrado en el ecosistema conviene cegar una parte del conocimiento. Querer verlo todo marea, causa un vértigo insoportable. Para vivir tranquilo, la sonrisa beatífica de la ignorancia.

Por otra parte, se convierte dicho conocimiento en una fantasía más. ¿Acaso no somos malabaristas de ilusiones? ¿No tragamos a diario el fuego de las construcciones sociales, de los estereotipos? Algunos piensan que apagar el pensamiento nos hace más sabios, más cercanos a la realidad, pero, en realidad, es la mayor de las barreras frente al medio. La meditación, el rezo, la música New Age, los templos de la contemplación, nos defienden del exceso de información y, como consecuencia, nos vuelve conformistas, ajenos al progreso. La aceptación, la inacción, el miedo al cambio. Mantenerse agarrados al clavo en el ojo del huracán.







Al contrario, ser crítico con todo, un cínico llevado al extremo, rechaza tomar partido, sumido en una duda constante, y lo aleja de la sociedad. Querer desentrañar la realidad es ir zozobrando en un océano repleto de escollos, que son los defensores del pensamiento rígido, los combatientes del hombre contra el hombre, las contradicciones sufridas a diario. Un choque continuo, del cual difícilmente se puede salir ileso. Puede conducir a la depresión, la violencia verbal, el terrorismo, la conducta infantil, la autolesiva, la adicción a determinadas sustancias, la paranoia y un largo etcétera de trastornos, formas de andar desencajado, como un círculo en un mundo cuadrado.

Cabe preguntarse si la ignorancia participativa constituye un mecanismo de supervivencia en la era de la información y el tándem ciencia-democracia el azote del oscurantismo cuando éste se ofrece como alternativa.






Links:


Políticas de la antigua Roma:

Conformismo y religión:



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