lunes, 26 de octubre de 2015


EL EXTRAÑO



Justin Mays


Dos relatos sobre el otro como ente indescifrable, carcasa de contenido ambiguo.

En primer lugar, un relato de Kafka sobre la extrañeza de la separación antes del reencuentro. La inquietud hacia gente extraña a pesar del parentesco, un pasado en común. El tiempo borra la huella emocional y se convierte en un muro, una puerta a veces infranqueable, una incógnita que sólo desvelará el paso al frente. Personas cerradas, secretos a salvo. ¿A qué tiene miedo el protagonista?

Regreso a casa
“Al regresar, atravieso el zaguán y miro en derredor. Es el viejo cortijo de mi padre. El charco en el medio. Entremezclados objetos viejos e inservibles cierran el paso hacia la escalera del granero. El gato acecha desde la baranda. Un trapo desgarrado, atado alguna vez a una barra, mientras alguien jugaba, se agita al viento. He llegado. ¿Quién me recibirá? ¿Quién espera tras la puerta de la cocina? La chimenea humea, están preparando el café para la cena. ¿Sientes la intimidad, te encuentras como en tu casa? No lo sé, no estoy seguro. Es la casa de mi padre pero todos están uno junto al otro, fríamente, como si estuviesen ocupados en sus asuntos, que en parte he olvidado y en parte no he conocido jamás. ¿De qué puedo servirles, qué soy para ellos, aun siendo el hijo de mi padre, el hijo del viejo propietario rural? Y no me atrevo a llamar a la puerta de la cocina, y sólo escucho desde lejos, sólo desde lejos tenso sobre mis pies, pero de manera tal que no me puedan sorprender escuchando. Y porque escucho desde lejos no oigo nada, salvo una leve campanada de reloj, que quizá sólo creo oír, llegándome desde los días de la infancia. Lo que además ocurre en la cocina es un secreto que los que allí están sentados me ocultan. Cuanto más se titubea ante la puerta, más extraño se siente uno. ¿Qué tal si ahora alguien la abriese y me hiciese una pregunta? ¿Acaso yo mismo no estaría entonces como alguien que quiere ocultar su secreto?”



William Turner



Tuve un sueño (despierta, son los que recuerdo) en el que me imaginaba cayendo por un agujero del suelo a través de mi edificio, desde mi casa, un octavo, hacia los pisos vecinos, y rompía los muebles y saludaba a los vecinos, mudos de asombro, como estatuas decorativas que me parecían inertes en mi acelerado desplazamiento, envolvía el ambiente de puro estrépito, hasta llegar al vestíbulo y más abajo, caer por la alcantarilla, llenarme de aguas residuales y seguir más allá, traspasando la tierra, la roca, el magma y solidificarme en el centro para descansar al fin. Cuál será mi sorpresa al encontrar este fragmento de relato de García Márquez, una visión no igual pero muy parecida, un contacto con el vecindario fuera de lo común. ¿Es necesario este tipo de fenómenos para conocer mejor al otro?


“…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena ser vivida”.

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