EL EXTRAÑO
Justin Mays
Dos relatos sobre el otro como ente indescifrable,
carcasa de contenido ambiguo.
En primer lugar, un relato de Kafka sobre la extrañeza de la separación antes del reencuentro. La
inquietud hacia gente extraña a pesar del parentesco, un pasado en común. El
tiempo borra la huella emocional y se convierte en un muro, una puerta a veces
infranqueable, una incógnita que sólo desvelará el paso al frente. Personas
cerradas, secretos a salvo. ¿A qué tiene miedo el protagonista?
Regreso a casa
“Al
regresar, atravieso el zaguán y miro en derredor. Es el viejo cortijo de mi
padre. El charco en el medio. Entremezclados objetos viejos e inservibles
cierran el paso hacia la escalera del granero. El gato acecha desde la baranda.
Un trapo desgarrado, atado alguna vez a una barra, mientras alguien jugaba, se
agita al viento. He llegado. ¿Quién me recibirá? ¿Quién espera tras la puerta de
la cocina? La chimenea humea, están preparando el café para la cena. ¿Sientes
la intimidad, te encuentras como en tu casa? No lo sé, no estoy seguro. Es la
casa de mi padre pero todos están uno junto al otro, fríamente, como si
estuviesen ocupados en sus asuntos, que en parte he olvidado y en parte no he
conocido jamás. ¿De qué puedo servirles, qué soy para ellos, aun siendo el hijo
de mi padre, el hijo del viejo propietario rural? Y no me atrevo a llamar a la
puerta de la cocina, y sólo escucho desde lejos, sólo desde lejos tenso sobre
mis pies, pero de manera tal que no me puedan sorprender escuchando. Y porque
escucho desde lejos no oigo nada, salvo una leve campanada de reloj, que quizá
sólo creo oír, llegándome desde los días de la infancia. Lo que además ocurre
en la cocina es un secreto que los que allí están sentados me ocultan. Cuanto
más se titubea ante la puerta, más extraño se siente uno. ¿Qué tal si ahora
alguien la abriese y me hiciese una pregunta? ¿Acaso yo mismo no estaría
entonces como alguien que quiere ocultar su secreto?”
Tuve un sueño (despierta, son los que recuerdo) en
el que me imaginaba cayendo por un agujero del suelo a través de mi edificio,
desde mi casa, un octavo, hacia los pisos vecinos, y rompía los muebles y
saludaba a los vecinos, mudos de asombro, como estatuas decorativas que me
parecían inertes en mi acelerado desplazamiento, envolvía el ambiente de puro
estrépito, hasta llegar al vestíbulo y más abajo, caer por la alcantarilla,
llenarme de aguas residuales y seguir más allá, traspasando la tierra, la roca,
el magma y solidificarme en el centro para descansar al fin. Cuál será mi
sorpresa al encontrar este fragmento de relato de García Márquez, una visión no igual pero muy parecida, un contacto
con el vecindario fuera de lo común. ¿Es necesario este tipo de fenómenos para
conocer mejor al otro?
“…el
drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a
medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus
vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves
instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la
escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de
la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a
la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta
falsa valía la pena ser vivida”.


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