jueves, 22 de agosto de 2019

LA POKEVOLUCIÓN DE QUENTIN


ÉRASE UNA VEZ…TARANTINO

Como cualquier fan de Tarantino, fui a disfrutar de su última creación sin la necesidad de buscar algo definitivo. Seguro que aparecería algún toque magistral para justificar el precio de la entrada. No esperaba el artilugio de orfebrería que me cayó en el regazo y de tan inesperado todavía no me lo creo. Una da por sentado los diálogos trepidantes, coreografía de disparos y bofetones, personajes de póster, una estudiada banda sonora…vamos, aquello que ya nos había mostrado, cambiando un poco el género y colocando alguna de sus filias cinematográficas. Aquello por lo que hasta el momento sólo ha conseguido el Óscar al mejor guión en repetidas ocasiones.



Pero “Érase una vez…en Hollywood” no tiene clasificación posible. Es tarantiniana pero no pertenece al grupo anterior. El director se vuelve conceptual, rompiendo el hilo de la narración (algo que sí aparece desde Pulp Fiction) pero escena a escena. Si uno se queda con la composición tradicional, creerá que no está pasando nada, cuando, tal vez, sea la película más repleta de contenido de toda su trayectoria. El cine conceptual al que hace referencia eclosiona en las décadas de los 60 y 70. Incluso se ríe de los tintes psicoanalíticos de muchas de las cintas de la época en la primera escena, donde la sonrisa descomunal del póster de Rick ocupa toda la pantalla durante cierto lapso de tiempo. Es el YO dilatado y en declive del protagonista (y el yo in crescendo del intérprete, di Caprio, en contraposición), el YO del propio director, el de Polanski, el de Tate, el de Marvin (Al Pacino en su esplendor), el de Manson, el de Cliff el especialista, el seguro de sí mismo, el del pasado truculento, el vivo hoy y ya veremos mañana (el gran protagonista para muchos) y el del mismo Brad Pitt, que se niega a envejecer.

Empieza la película y ya estás preguntándote por qué permaneces ahí parada, anclada en algo que no va ni para atrás ni para delante (la vida y la visión estancadas de Rick). Entonces llega Cliff con su verdadera sonrisa e inicia al son de la música este extraño viaje hacia lo desconocido. Al inicio también aparece otro guiño por si todavía andas esperando una película convencional. Es una escena de Sharon subiendo una escalera de caracol y, un poco después, en otro lugar, un niño sube otra escalera de caracol en una toma calcada a la anterior. Ha pasado tan cerca una de otra que permite tener un dejà vu: la película va a estar cargada de pistas. Y no defrauda.



En primer lugar, se ríe de sus ídolos. El público espera ver un homenaje a Bruce Lee. Asistir a su lado payaso, el de la fama subida como un suflé y, sobre todo, verlo vencido y apabullado, es puro Tarantino. Del mismo modo que en “Abierto hasta el amanecer” (guión 100% Quentin) estás siguiendo una película de asesinos que, de repente, son asesinados por otros mucho peores y del todo inesperados, igual de gamberro es semejante enfoque de las estrellas de su infancia. Juega con ellas mientras derrumba las expectativas del público. La familia se ha quejado. Más de un fan lo habrá hecho. Tal vez se les olvide la escena de Bruce y Sharon al puro estilo Kill Bill, donde él ejerce de maestro, de Shaolin. No se trataba de lo que pasó históricamente, cuando Polanski le echó la culpa de los asesinatos. Es que eran Lee y Tate en un videojuego de Matrix.



Ella es recordada de forma truculenta y Tarantino consigue borrar la visión ensangrentada de su barriga para sustituirla por la de la chica feliz, encandilada y bailona, ajena a la tragedia, dorada e intacta. Revirtió el proceso de despersonalización que el público generó al considerarla el cadáver de la mujer de un famoso para llenarla de vida propia. Lo contrario a la despersonalización debería tener un nombre. Lo que se ha hecho en esta película con Sharon debería tener un nombre. Como no lo tiene, resulta tan difícil de describir.

Por último, en cuanto a “personalidades y expectativas”, la gente buscaba que Manson fuera el villano protagonista y sus ideas acaban ridiculizadas de la mejor manera posible. Lo que debe ser destruido, como los vampiros, los nazis, las sectas asesinas…es su blanco perfecto.



Las referencias al spaghetti western son inevitables. Las reticencias de Rick a trabajar con directores italianos son las propias de los críticos aferrados a John Ford como el palo a la fregona. Su evolución posterior es una directa a la yugular. La mención a Sergio Corbucci, la ubicación en Almería, el título de “Érase una vez…” de Sergio Leone, el plano del ojo rabiosamente azul bajo el ala del sombrero a lo Terence Hill…es un desfile de recuerdos. Sin embargo, tampoco desprecia el western clásico (que ya aparece en otras películas de Quentin, como en la escena inicial de “Malditos Bastardos”). Le rinde homenaje a su modo, subiendo a caballo al antihéroe (el asesino Tex Watson) con un paródico al igual que hermoso recorrido al galope como alma que lleva el diablo.





Quentin habla de 1969 como una entrada al nuevo cine de los 70, y éste aparece en forma de parches, de manchas sobre el dorado escenario de un tiempo que se esfuma, y para ello cito la oda de Wordsworth que lee Natalie Wood en “Esplendor en la hierba” de Elia Kazan (1961):
“Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo”



Los setenta rompieron las formas, los contenidos, la manera de narrar historias, dándole al lenguaje visual una mayor importancia respecto al diálogo. Se pueden decir muchas cosas en silencio, algo que ya explorara Alfred Hitchcock pero que alcanza su apogeo en este momento. Vemos a Tate y Polanski repetidamente (el dejà vu) corriendo en un coche deportivo descapotable. Es una composición extraña: parece como si el vehículo se hubiera colocado artificialmente sobre el fondo yendo a velocidad de crucero (la de sus respectivas carreras). Sus dos cabezas y estaturas desiguales conforman una pareja muy peculiar. Esa extraña combinación de artificio, velocidad y destino macabro aparece en un film que va a impactar en el imaginario de toda una generación gracias a un director en pleno apogeo: Stanley Kubrick. En “La naranja mecánica” (1971) el coche de los druguitos surca el espacio en busca de la violencia gratuita, sin explicación, la que esperamos de la familia Manson, la atribuida a Tarantino como una especie de condena cuyos detractores gustan de imponerle, la violencia alienizante de la guerra de Vietnam. Todo en un solo recorte, un breve flash, cierta sensación en el estómago. El pelo de Polanski, imperturbable e infantil, el pelo de Tate liberándose del pañuelo para volar libre y natural.



Como muchos críticos han mencionado, Tarantino utiliza la técnica de los espejos, del cine dentro del cine, el de tipo estructural (el cual también se abre un hueco importante en los 70), pero llevándolo al extremo, como las muñecas rusas. Marvin (Al Pacino) ejerce de representante de viejas glorias, su papel de siempre: Pacino el perdedor, trapicheando gracias a su labia seductora para sobrevivir. En su guión llega el momento en que alaba la actuación de Rick contra un grupo de nazis (mención de Quentin a su propia filmografía, por “Malditos bastardos”, cambiando a Pitt por di Caprio). Al Pacino hace un gesto que me deja clavada en la butaca: ametralla a los enemigos del mismo modo en que lo hará el joven Pacino del futuro en la brutal “El precio del poder” de Brian de Palma (1983). Ver al viejo hacer del joven como si fuera algo que quisiera volver a vivir es la sinopsis de toda la película.



La escena a la que todos se refieren sobre el asunto del espejo es la de Sharon Tate mirando en el cine su propia película. El plano de Margot Robbie interpretando a una Sharon que se ve a sí misma (la de verdad) en una comedia es una delicia. Y verla emocionarse ante la reacción del público como si fuera el final de “Cinema Paradiso” lo es aún más. La recuperación de los besos perdidos hace de puente a un universo alternativo, igual que Sharon en el instante de desdoblarse entre la real y la imaginaria como si tuvieran vidas paralelas, sólo que la real es la de la pantalla en toda su crudeza histórica, y la ficticia y edulcorada aquella con la que estaremos el resto del camino.



Ya que el largometraje está cuajado de momentos cumbre, he seleccionado algunos del tramo medio antes de acometer el esperado final y son los siguientes:
1). Cuando Rick se amenaza de muerte a sí mismo.

2). Cuando la autoestima del actor depende de la crítica de una niña de ocho años 8hay quien la relaciona con Jodie Foster).



3). Cuando Brad Pitt vuelve a hacer del playboy de Thelma y Louise mientras arregla una escena (a recordar determinado anuncio de Coca-Cola Light).



4). La descarada referencia al juicio de Polanski cuando Cliff se asegura una y otra vez de la edad de Kitty Kat y dice que no quiere acabar en la cárcel por ella.



5). La escena del “posible” asesinato de la exmujer de Cliff. En un recuerdo que aparece en la mente del especialista se muestra a una mujer irascible, insoportable, tumbada en la hamaca de un yate, al fondo de la composición, y el brazo de Cliff en primer plano sujetando el arpón. “Vemos” el pensamiento de él y anticipamos su reacción, la cámara nos hace estar en su lugar a propósito, y nos hace partícipes del crimen. Damos por sentado que lo va a hacer, es la encarnación de la violencia en el film, y lo vemos como si fuera un hecho inevitable. De hecho, toda la violencia que se da en el film la genera el sonriente de Cliff. Es amable, generoso, paciente, encantador y un completo psicópata. La muerte de la mujer, por otro lado, es sospechosamente parecida a la que padece Natalie Wood en 1981, viajando en un yate y acompañada de su marido, el actor Robert Wagner, el cual continúa siendo el principal sospechoso pero sin llegar a probarlo nunca.



6). El rancho Spahn, lugar donde se rodaron tanto westerns clásicos, se convierte en el decorado de un western moderno, donde el peligro lo encarna la familia Manson, al estilo de “Los chicos del maíz”. La osadía del héroe acaba en un chiste gracias a la genial interpretación de un anciano Bruce Dern, que no entiende las tribulaciones de Cliff. Él posee las necesidades cubiertas: sexo, siesta y compañía. Su mensaje: déjame en paz, soy viejo pero no tonto.




El baile de Tarantino con el cine experimental se respira en el ritmo irregular del metraje y el hecho indiscutible y novedoso en su filmografía (o no tanto) de que el tema central no lo aporta el guión sino el conjunto de escenas solapadas, un collage en el cual, si lo ves de lejos, aparece el rostro del director.

Pero el colofón, la espita que provoca el largo aplauso de Cannes, es el tramo final. Las expectativas aún siguen intactas en dos pilares fundamentales: Sharon Tate y la Familia. En el día D Tarantino narra los hechos en forma de crónica, añadiendo la hora de cada suceso como si ya lo estuviera recreando delante de un tribunal, aumentando la tensión en la grada, al no saber cómo acabarán juntándose las tramas argumentales. Entonces, mientras todo parece centrarse en una narración detectivesca, objetiva, impersonal, se hace de noche y el director enciende las luces de la ciudad. Así que nos detiene a contemplar la belleza y no anticiparnos a lo que está por llegar. Párate y olvídate de darle sentido a las cosas, fíjate en lo que vale la pena recordar. Todavía más: justo antes del desmadre sale un tipo en la televisión diciendo “Y ahora llega lo que todos andaban esperando”. El mensaje va para el público del cine.




Cuando llega Rick con su mujer italiana al aeropuerto se ve al fondo una pared similar al del inicio de “Jackie Brown”. Y esta escena es, a su vez, un calco del inicio de “El graduado” de Mike Nichols (1969), otro film revulsivo de la época. Por si no nos habíamos percatado, en otro lugar sueña la canción principal de la película, “Mrs. Robinson”.



La noche del ataque, el golpe de efecto se realiza nuevamente usando la técnica del espejo. Cliff ha tomado ácido y tiene visiones. Cuando los fieles de Manson entran en casa de Rick, Cliff les pregunta risueño: “¿Sois reales?”. Es la misma cosa que se está preguntando el espectador porque ¡se han equivocado de casa! No pueden estar ahí. Yo he venido a ver cómo esta gente se carga a los habitantes de la mansión Polanski. Pero son reales, está pasando, y la fantasía violenta que hizo famoso a Tarantino aparece por primera y última vez en escena. La explicación posterior a la policía es tan cómica como sublime. El “lost in translation” de la italiana y sus ragazzas y la frase de Cliff, que recuerdo a medias, pero era más o menos ésta: “Dijo que era el diablo y que iba a hacer la pollada del diablo o yo que sé qué ostias ha dicho”. Para rematar, el lanzallamas para acabar con una desatada y casi inmortal chica recién sacada del pozo de “The ring”.
Sin embargo, lo mejor es el encuentro feliz entre los vecinos en un tiempo que nunca ocurrió, en una galaxia muy, muy lejana, (1977) mientras la cámara se aleja de ellos y de una época que nunca volverá.

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