CUENTO PARA HALLOWEEN
Este relato lo escribí hace justo 20 años. Es mi primer cuento gótico. Mis referencias: Carrie, El hombre elefante y los cuentos de Poe. Lo tenía escrito a máquina y lo he pasado a Word. Espero que os guste.
TEA
Mi hermana tenía un solo ojo, una sola
ceja depilada en forma de bóveda rojiza y la llamaban cíclope, bruja y no sé
cuántas cosas más. Su verdadero nombre, Tea, era a menudo confundido por Teo,
diminutivo de Teófila, pero a ella no le molestaba en absoluto. Sencillamente,
no se percataba de nada. Ni siquiera de cómo había que vestirse y maquillarse:
aún no salía el sol y ya andaba por la casa con una túnica de gasa, el pelo
recogido por encima de las orejas y, para adornar los huecos de su rostro,
dibujaba cenefas y pequeñas figurillas en la frente, las mejillas, el mentón.
Mi madre era igualmente pelirroja, pero
no se arreglaba jamás. Sólo mantenía la estricta costumbre de lavarse a diario
y echarse litros de perfume por todo el cuerpo. No recuerdo una sola vez que la
viera peinarse (según ella, el pelo rizado no se peina, se deja crecer),
mirarse al espejo, planchar su ropa o ponerse crema antiarrugas. Me dijo un día
de Reyes que se habría metido a monja si hubiera creído en Dios, pero
desgraciadamente nació agnóstica (sólo frecuentaba la iglesia para mantener las
formas y la buena reputación) y se mantuvo siempre fiel a su naturaleza.
Dicen que mi padre era comerciante. Yo
no podría asegurarlo. Cuando él llegaba a casa toda la familia se había
acostado y a la mañana siguiente desaparecía sin esperar siquiera al desayuno.
Sólo tengo por cierto que, ya de noche, un fantasma con olor a tabaco se
escurría por la habitación y me daba un beso silencioso. Mi madre nunca hablaba
de él. Mi hermana no comprendía el significado de la palabra “papá” ni sabía
cómo pronunciarla. Pero en el barrio todos lo conocían y me contaban historias
de su infancia, de su trabajo, su matrimonio, y yo me las creía.
Tea no iba al colegio. No tenía amigos
ni tampoco pensamientos. Pero existía, ocupaba cierto espacio en nuestra casa,
comía cuando a mamá le parecía conveniente y a veces entonaba melodías sin
letra. Para mí era una caja de música, con forma de bailarina, sin cajones ni
recodos secretos. Ella sola se daba cuerda y volteaba por el salón con frenesí.
A veces me perseguía, imitaba mis gestos o, simplemente, se sentaba observando
cuanto yo hiciese. Otros días la encontraba asomada al balcón, a contraviento,
con sus manitas en la baranda y la mirada perdida, sin rumbo fijo, hacia ese
mundo externo sin sentido.
En casa teníamos muchos álbumes de
fotos. A mi madre le encantaba la cámara. Le hacía una instantánea a cualquier
cosa viviente. Yo me encargaba de clasificarlas. Teníamos un apartado para las
cucarachas, las mariposas, las nubes, el mar, las palomas, el polvo a trasluz
y, ¡cómo no!, planos y más planos de Tea, que también era otro objeto
decorativo para mamá. De perfil o de espaldas. Pelo suelto y sonriendo. Tea en
la playa, Tea dibujando o tocando el piano.
Porque mi hermana sabía de música. Era
uno de esos extraños fenómenos que dedican toda la energía de sus neuronas a
una sola aptitud, una aptitud de la que no sacaría provecho económico, mi madre
se oponía. De todos modos, nuestro hogar parecía un museo de la música, debido
a la cantidad de instrumentos diferentes que almacenaba. Los juguetes de Tea
eran aquellos aparatos armónicos, pulidos con paciencia, afinados por un
artesano de confianza, el señor Virgilio, que venía cada tres semanas a
escuchar las canciones de mi hermana. Ella las inventaba y nunca se repetía.
Deliciosas, únicas.
Un día, Tea enfermó. Los médicos ya lo
pronosticaron el día de su nacimiento, pero mamá nunca acabó de creérselo. Sin
embargo, allí estaba mi hermana tosiendo, expulsando un jugo verdoso y
sanguinolento, para demostrar que los oráculos no engañan. Adelgazó en un mes
trece quilos, le salieron manchas en la piel, el pelo encaneció, se le
agarrotaron las preciosas manos de pianista, su cuerpo parecía el de un
duendecillo retorcido y quejumbroso. Tea ya no pintaba, no se asomaba al
balcón, huía del sol, rodeada de sus instrumentos, en silencio.
Recuerdo el día que murió con total
claridad y, a la vez, con el distanciamiento de una película. Mi padre, al que
no había visto en mi vida, estaba frente al ataúd, acariciando la cabeza de
mamá. Tenía el pelo rubio oscuro y los ojos muy, muy negros. Me pareció que
incluso sus lágrimas eran negras. Y mamá estaba como ausente, con su cabellera
enredada casi tocando el suelo, sentada, sin decir nada. Le caían los brazos
como a una marioneta. Y la visión del piano, vestido de luto, vigilando la
ceremonia como una de esas silenciosas imágenes de iglesia, eclipsando el poder
de la palabra litúrgica, acallando los llantos con su presencia. El funeral
transcurrió rápido; el entierro también. Nadie quería prolongar la idea. Mi
madre se puso a trabajar en un local del pueblo, para no pisar la casa. Quería
apartar todos los recuerdos de Tea y encerrarlos en cada copa que servía. Yo
pensaba que mamá no había querido lo suficiente a Tea cuando estaba viva y
ahora la quería demasiado cuando estaba muerta. Quizá odiaba a mamá porque ya
no la veía, porque me encontraba sola, rodeada de sus álbumes e instrumentos.
Ya no era una preocupación para nadie. Iba a la escuela y aprobaba las
asignaturas, no solía propestar y comía, dormía, crecía con normalidad. Era un
don que cultivaba siempre: pasar desapercibida.
Pero tras la desaparición de la cíclope
de mi hermana, empecé a notar que me vigilaban. Creía estar rodeada de muchas
presencias cuando estaba sola. Al entrar en casa, me estremecía y, con el paso
de las horas, el miedo se agudizaba y me entraban unas ganas locas de gritar,
sin saber exactamente por qué. No tenía alucinaciones, ni me obsesionaba el recuerdo
de Tea, no, no. Era un terror que no podía palpar. Anduve unas semanas tan
confusa, tan susceptible, que no podía pegar ojo. A veces me levantaba de noche
y recorría la casa, aquella casa majestuosa, señorial, del siglo XVIII, que ya
se caía a trozos. Y en la oscuridad sentía de nuevo el aliento de muchas
conciencias atacándome, arañándome, reptando por mi espalda. Iba por la casa
sin detenerme. Pensaba que, si me quedaba quieta, acabaría como mi hermana.
Desde el sofá vigilaba las puertas y las ventanas, cuando el reloj sonaba me
estallaba el corazón bajo las costillas. El vello erizado, como un gato. Mi
madre nunca conmigo, no podía estar, no debía estar. Creía haber llegado al
infierno para pagar el sufrimiento de mi hermana. Y ella estaría en el cielo,
sin darse cuenta de nada, absorta en su música, al lado de otras almas huecas e
inconscientes.
Fue la música la que me dio la pista.
Una tarde me encargaron una tarea en la escuela: componer una partitura y
tocarla con mi instrumento favorito. Entré en la sala donde solía tocar mi
hermana y que llevaba tanto tiempo sin abrirse. Tenía unos amplios ventanales y
el aire de noviembre se introdujo despacio, denso, inundando la habitación de
un polvillo rojo, por efecto de la tramontana en los adoquines del jardín.
Estuve poco tiempo contemplando con desgana la majestuosidad que otros son
capaces de apreciar en aquellas esculturas, el brillo plateado de las flautas,
el caoba de los violines, y descolgué el más cercano, el clarinete, de modo
inconsciente. El tubo estaba gélido, húmedo, yo diría que sudoroso, y mis manos
recogieron una sensación tan desagradable de aquella cosa rígida y hostil que
la dejaron caer tras un espasmo instintivo. El clarinete chirrió al impactar
contra el suelo y yo hubiera jurado que desprendía satisfacción. Alcé la vista,
y entendí cómo todos y cada uno y al
compás, los instrumentos perdidos, olvidados, separados de su dueña, me
observaban. No necesitaban ojos ni boca ni expresión alguna. Inmóviles, pero
omnipresentes. Y el pìano, el lánguido piano de cola, lo dirigía todo, bajo el
ventanal. Se había cerrado la puerta a mis espaldas, cosa que no me pudo
alarmar más de lo que ya estaba. Luego, el rasgueo de unas cuerdas de guitarra,
un tintineo del xilófono y, de esa forma, los instrumentos fueron sumándose con
sus lentos gemidos. Un adagio pianissimo. Mientras, yo andaba buscando un
rincón de silencio, un espacio donde esconderme, pero la música me encontraba
en cada pared, en cada baldosa del suelo.
Me aferré al picaporte de la puerta a
medida que la música se alegraba, se enaltecía, y yo me quemaba las manos, y el
pomo no giraba. Golpeaba la puerta, gritaba, nadie podía oírme. Por cada grito,
un toque de tambor. Por cada gemido, un chirrido de violín. Entonces supe que
no podría conseguirlo. Las melodías de Tea fluían con delicadeza pero yo sólo
sentía una repugnancia absoluta, como mi madre detestaba el sonido que yo hacía
al masticar. ¿Era éste mi castigo? ¿Una venganza? No podía ser mi hermana, ella
nunca se enfadó con nadie, su mundo era tan alegre y despreocupado. ¿Quién me
perseguía a mí? Yo, que siempre había pasado desapercibida, me encontraba en el
ojo del huracán. Yo, que siempre había deseado un instante de atención,
destacar en algo, y había conseguido acelerar la enfermedad de Tea privándola
de su medicación, quien rezaba a mi Dios propio para que ella dejara de
sobrevolarme. Cuando la amenazaba con fuertes palabras, ella me contestaba con
su risita dulce y distante y embobada, inmisericorde. Nadie supo nada porque yo
no existía. Ni siquiera cuando ella murió. Nunca viví. Sólo aquellos
instrumentos tenían vida propia. La inteligencia que le faltó a mi hermana. Y
saltaron de sus lugares, me rodearon y empujaron hacia la ventana. El piano
tocaba una pieza infantil que danzábamos de pequeñas e imaginé una cajita de
música con una diminuta y bailarina Tea en su interior mientras los adoquines
se me acercaban vestidos de eternidad.

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